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Juicio al CO2: Sentencia absolutoria

Cuando hablamos de la distorsión de la realidad de la propaganda sobre el cambio climático, el caso más llamativo es el del dióxido de carbono (CO2), demonizado como la principal causa del calentamiento global. Sin embargo, el CO2 es un gas indispensable para la vida humana.

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Cuando hablamos de distorsión de la realidad relacionada con la propaganda sobre el cambio climático, el caso más llamativo es el del dióxido de carbono (CO2). Demonizado como la primera causa del catastrófico calentamiento global y considerado en el imaginario colectivo como un "gas satánico", cada noticia que informa sobre su constante aumento de concentración en la atmósfera produce angustia colectiva (hoy en día es de cerca de 415 ppm, frente a las 315 ppm de 1958).

En realidad, el dióxido de carbono es un gas vital para nuestra supervivencia. Junto con la luz y el agua, el CO2 es el tercer nutriente más importante para las plantas y el proceso de fotosíntesis. Es decir, sin el dióxido de carbono no habría vida humana. Tampoco se puede considerar que la concentración actual sea un riesgo para la salud: en el informe "Cambio climático 2001" del IPCC, el organismo de la ONU que se ocupa del cambio climático, se escribe entre otras cosas que la aparición de plantas en el planeta y su colonización de la Tierra se produjo en un período en el que la concentración de CO2 en la atmósfera era muy elevada, superior a 6.000 ppm, es decir, a niveles quince veces superiores al actual. Y a mediados de los años noventa del pasado siglo, un informe que tuvo en cuenta más de 300 estudios sobre este tema (Plant responses to rising levels of Atmosheric Carbon Dioxide), explicaba que al aumentar la concentración de CO2 hasta 650 ppm, hasta 475 variedades de plantas estudiadas mostraron un aumento en el crecimiento de más del 50%.

Entonces, ¿de dónde viene la idea de que el CO2 es un veneno? Simplemente porque es uno de los gases de efecto invernadero responsables -según dice la opinión general actual- del calentamiento global. También es el principal gas de efecto invernadero al que las actividades humanas afectan directamente. Pero aparte del hecho de que el efecto invernadero es también fundamental para la vida humana (sin los gases de efecto invernadero no podría haber vida en la Tierra, ya que la temperatura media mundial sería de -18°C en comparación con los 15º actuales), el dióxido de carbono representa sólo una parte muy pequeña de estos gases: entre el 1 y el 5% (más del 90% corresponde a vapor de agua). Además, el CO2 producido por el hombre es a su vez una parte muy pequeña comparado con el que produce la naturaleza. Esto ya debería dar lugar a ciertas dudas sobre si el aumento del CO2 en la atmósfera es atribuible exclusivamente al hombre.

Que el aumento de la temperatura global esté relacionado con el aumento del CO2 en la atmósfera es una hipótesis científica formulada por primera vez hace poco más de cien años por el científico sueco Svante Arrhenius. Pero nunca ha tenido confirmación certera. De hecho, diferentes científicos han atribuido al CO2 un papel tanto en el aumento como en la disminución de las temperaturas. Posiciones que a veces también encontramos en la misma persona. Es llamativo el caso de Stephen Schneider, profesor de la Universidad de Stanford, asesor del presidente estadounidense Bill Clinton y uno de los mayores divulgadores de la teoría del calentamiento global, que sin embargo a principios de los años setenta escribió ensayos e incluso un libro para explicar que el aumento de las emisiones de dióxido de carbono congelaría el planeta.

En esta "leyenda negra" sobre el CO2 se introduce por tanto su definición de "contaminante", por lo que el aumento del CO2 en la atmósfera se cuenta como si correspondiera a un aumento de la contaminación. Esta conexión, por cierto, se justifica por el hecho de que la emisión de dióxido de carbono en el aire estaría ligada al uso de combustibles fósiles, que también se han convertido en el "enemigo número uno" de la humanidad. Pero el CO2, como hemos visto, no sólo no puede definirse como contaminante, sino que tampoco es posible establecer una relación de causa y efecto entre la contaminación y el CO2. Tanto es así que -y estoy seguro de que muchos se sorprenderán- que en los países industrializados la contaminación se ha reducido drásticamente durante décadas, a diferencia de los niveles de CO2 que están aumentando.

En 2002, en su informe dedicado a las previsiones medioambientales, la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) afirmaba que en los países industrializados ya se había producido una disminución de la contaminación atmosférica del 70% en cuatro años. Y recientemente la Agencia Europea de Medio Ambiente ha presentado un informe que confirma lo que ya ha dicho la OCDE: entre 1990 y 2016, en los países de la Unión Europea se produjeron caídas muy fuertes de la contaminación, que oscilaron entre el 23 y el 91% dependiendo de los gases examinados. Esto no significa que no haya contaminación del aire, sino que, contrariamente a lo que se nos hace creer, no sólo no está creciendo, sino que incluso está disminuyendo de forma drástica.

Cuando hablamos de la contaminación atmosférica en los países desarrollados, nos referimos esencialmente a seis elementos, considerados los más importantes desde el punto de vista estadístico y comparativo: dióxido de azufre (SO2), ozono (O3), plomo (Pb), óxidos de nitrógeno (NOx), monóxidos de carbono (CO) y partículas finas (Pm). Todos estos contaminantes están disminuyendo, y cualquiera puede hacer una simple comprobación yendo a los sitios de las Agencias Ambientales Regionales (ARPA).

Por lo tanto, la contaminación disminuye mientras que la concentración de CO2 en la atmósfera aumenta. Además, la caza de brujas lanzada contra el CO2 corre el riesgo de convertirse en un boomerang desde el punto de vista medioambiental, ya que centrarse exclusivamente en la reducción de las emisiones de CO2 quita recursos a la investigación y aplicación de tecnologías menos contaminantes.

4. Continuará

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