Jimmy Lai el Confesor, un ejemplo moderno de martirio blanco
Como director del periódico Apple Daily era tan duro que hacía dudar de su fe. Pero este período en prisión ha sacado a relucir su testimonio supremo de la Verdad: un martirio que no se consume con un solo acto heroico, sino permaneciendo fiel a Cristo cada día, bajo el peso de la persecución. El testimonio de una ex periodista de Apple Daily
Una sala de redacción suele ser un lugar ruidoso, con acaloradas discusiones sobre puntos de vista y continuas retransmisiones en directo de las cadenas de televisión de la competencia. Sin embargo, a veces puede ser silenciosa como una biblioteca. En el periódico Apple Daily, ese momento de silencio llegaba cada vez que Jimmy Lai gritaba en su oficina.
Lai era conocido por despedir a la gente sin piedad. Una sola orden y todo un departamento podía desaparecer. Por capricho, podía desarraigar tanto a personas como a capital y trasladarlos al otro lado del estrecho, a Taiwán. Trabajar para él era como subir cada mañana a un tren descontrolado: nadie sabía el destino, ni cómo pensaba conducirlo el maquinista. Lo único seguro era que, en cuanto alzaba la voz, la gente se lanzaba a lo que parecía un viaje desesperado y arriesgado. Desde el punto de vista de los principios periodísticos, algunas de sus decisiones parecían un descarrilamiento seguro. Sin embargo, su historial demostraba lo contrario: este maquinista, aunque a menudo maltrecho y magullado, conseguía una y otra vez conducir el tren hacia paisajes que nadie había visto antes.
¿Cómo podía alguien tan obsesivo y profundamente imperfecto como Jimmy Lai ser católico? Se podría suponer que su “fe”, como la de muchos miembros ricos de la clase media, era meramente ornamental, un accesorio social, una herramienta para establecer contactos con el poder, otra membresía en un club de golf o un círculo de élite. En cualquier momento, podía convertirse en una carga para la Iglesia; un paso en falso y sus compañeros creyentes ya estarían ofreciendo sacrificios para evitar la desgracia.
Pero me equivocaba. Me equivocaba por completo. A lo largo de este largo juicio, cada palabra que ha pronunciado me lo ha demostrado.
En la casa de Jimmy Lai cuelga una estatua de Jesús sin brazos. Estas estatuas suelen llevar las marcas de la guerra o de la destrucción deliberada. Muchos creyentes meditan sobre ellas con las palabras: “Cristo no tiene más manos que las tuyas”. Es una llamada a ayudar a Cristo, a construir el Reino de Dios en la tierra a través de la acción. Si, en la era del Apple Daily, la fe de Lai se expresaba con pasión y fuerza, mientras que en estos años de encarcelamiento su fe se ha convertido en un testimonio silencioso pero rotundo.
Encarcelado en un espacio donde el tiempo se alarga, las opciones se reducen y el futuro queda en suspenso; enfermo, en régimen de aislamiento sin luz solar, sigue negándose a ceder. Algunos lo han llamado “mártir”. Sin embargo, en tales condiciones, un término más antiguo y comedido del vocabulario de la Iglesia es, de hecho, más preciso: confesor.
En la tradición católica, confesor no es un título heroico. No se refiere a una muerte gloriosa ni a un derramamiento de sangre. Describe algo mucho más simple, y mucho más difícil: bajo presión, uno no retira su confesión de fe. A Jimmy Lai no se le ha ordenado renunciar al cristianismo, quemar objetos sagrados o negar a Dios. En cambio, se enfrenta a una exigencia más moderna y más insidiosa: relegar la fe a un espacio en el que ya no tenga peso público, reducir la conciencia a un silencio privado.
Por lo tanto, en el lenguaje propio de la Iglesia, no es alguien ejecutado por su fe, sino alguien que sigue confesando su fe bajo persecución. Podría haber salido antes admitiendo los llamados “errores” y eligiendo así otro camino. No lo ha hecho. Ése es el verdadero significado de un confesor.
En el momento de escribir este artículo, su sentencia sigue siendo incierta. Para un anciano, cualquier encarcelamiento prolongado puede significar no volver a ver a su familia nunca más. Algunos se preguntan: si Jimmy Lai muriera en prisión, ¿constituiría eso un martirio? En la tradición de la Iglesia, el martirio se describe a menudo con colores: el martirio rojo, en el que los creyentes son asesinados por su fe y dan testimonio con su sangre; y el martirio blanco, en el que uno “muere al mundo” renunciando a los bienes mundanos o soportando un sufrimiento prolongado como testimonio de Cristo.
El martirio blanco es un antiguo concepto espiritual. No describe un único sacrificio dramático, sino una ofrenda prolongada y sin teatralidad. En el martirio blanco, la muerte no es el punto final; el tiempo mismo se convierte en la cruz. Para Jimmy Lai, el sacrificio no se completa en un momento. Existe cada nuevo día: la libertad aplazada, la libertad de expresión silenciada, el cuerpo envejeciendo gradualmente, mientras el resultado sigue siendo desconocido. Éste es un testimonio silencioso pero supremo de la verdad. No requiere la muerte física, pero exige la ofrenda total de uno mismo.
La crueldad del martirio blanco radica en esto: requiere que una persona elija la fidelidad cada día, en lugar de completar la misión con un solo acto de heroísmo. Más importante aún, exige que uno no se deforme bajo una opresión prolongada, que no se convierta en una réplica del odio, que el sufrimiento no corroa la conciencia.
Para los regímenes autoritarios, los mártires pueden ser congelados, definidos y colocados de forma segura en un pasado ya completado. Lo que realmente les inquieta es el confesor que sigue vivo. El confesor no incita, no se arma, no construye un mito. Simplemente existe y se niega a someterse. Esta existencia no se basa en consignas de resistencia, pero presenta un hecho indeleble: que bajo una presión sostenida, un ser humano puede seguir negándose a renegar de sí mismo. Para cualquier régimen que exija sumisión interior, esto no es solo una amenaza, es una espina que no se puede quitar.
Nombrar a Jimmy Lai confesor, testigo del martirio blanco, no es convertirlo en un héroe religioso, ni teologizar la política. Al contrario, es un acto de nombramiento comedido y humilde, que rechaza tanto el sensacionalismo como el olvido. Simplemente dice esto: en nuestra época, algunas personas dejan su huella no a través de la muerte, sino a través de la vida, perseverando, sin doblegarse. Para Jimmy Lai, la verdad tiene el valor más alto, incluso por encima de su propia vida. Una vida así, en sí misma, ya constituye un testimonio.
«Él dijo: “Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad”» (Juan 18,37). Cuando el mundo odia a los discípulos, en realidad es porque odia a Cristo; por lo tanto, la persecución se convierte en un signo de unión con el Señor y de firmeza en la verdad.
El testimonio de Jimmy Lai recuerda a los creyentes que los mártires no se limitan a los textos antiguos. Viven entre nosotros hoy, cada día, cada minuto, cada segundo, en cada momento decisivo, eligiendo a Dios una y otra vez.
*Ex periodista de Apple Daily
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