San Leónidas de Alejandría por Ermes Dovico
CRISIS DE UN CONTINENTE

Europa, el eslabón débil del nuevo sistema multipolar

El intervencionismo y el ecologismo hacen que la UE sea cada vez menos competitiva en un marco económico-militar cada vez más multipolar. Mientras tanto, las relaciones entre Europa y Estados Unidos se tambalean. Urge una amplia acción diplomática, pero Biden y von der Leyen la obstaculizan.

Internacional 21_02_2024 Italiano
Joe Biden e Ursula von der Leyen (25 marzo 2022, foto ImagoEconomica)

El continente europeo se ha visto afectado en los últimos años por una serie de factores de crisis política y económica entrelazados, algunos de origen endógeno y otros que son fruto de un contexto más amplio.

Entre los primeros cabe citar el giro intervencionista de las clases dirigentes de la Unión Europea y la obsesión ideológica ecologista, que, unidas, están haciendo que el aparato productivo y el abastecimiento energético de los países miembros sean cada vez menos competitivos, y que sus sociedades dependan cada vez más de importaciones más caras y en constante riesgo.

El segundo puede resumirse, en primer lugar, en las consecuencias del cambio estructural del equilibrio del poder mundial provocado por la globalización, con una transición de la tendencia al unipolarismo basada en la hegemonía de la superpotencia estadounidense a un multipolarismo magmático e inestable, en turbulenta evolución, que tiende a convertirse peligrosamente en un enfrentamiento entre el Occidente atlantista y el “resto del mundo”.

En este nuevo escenario, Europa corre el grave peligro -más aún cuando está debilitada y es económicamente dependiente- de encontrarse en la clásica posición manzoniana de la “olla de barro” entre las “ollas de hierro”. De hecho, está sometida a una presión cada vez mayor desde el Este por parte de las dos potencias -Rusia y China- que aspiran a la influencia euroasiática: la primera forma parte de la estrategia neoimperialista de Putin encaminada a frenar, si no revertir, la ampliación de la OTAN sobre las antiguas naciones sovietizadas, que desembocó en el conflicto ruso-ucraniano y en una especie de renovado “telón de acero”; la segunda como consecuencia de los objetivos de superpotencia global originados por el impetuoso crecimiento de los últimos treinta años.

Por otro lado, el Viejo Continente vive una temporada de relaciones controvertidas con su aliado estadounidense: por un lado, se une con él para constituir un frente unido contra Rusia; por otro, tiene que contar con el agotamiento del atlantismo tradicional, y con la creciente tendencia estadounidense a desentenderse de su función de “protector” militar de los europeos, y a exhortar a sus aliados a ser más autosuficientes. Una tendencia que Donald Trump verbalizó explícita e incluso brutalmente, pero que también es evidente en la administración Biden, que primero ha utilizado sin escrúpulos la cuestión ucraniana para obligar a los europeos –Alemania en primer lugar- a cortar lazos con Rusia y China haciéndose más dependientes de Estados Unidos; y ahora, una vez logrado esencialmente su objetivo, y mirando a la opinión pública interna con vistas a las próximas elecciones, muestra claramente que quiere reducir su compromiso militar y económico en apoyo de Volodymyr Zelensky, y dejar la “patata caliente” ucraniana cada vez más en manos de los aliados de este lado del Atlántico. Aliados de quienes dependen por completo los suministros militares y económicos a Kiev (no por casualidad), mientras que en el Congreso estadounidense permanecen congelados. En definitiva, sea cual sea el resultado de las próximas elecciones presidenciales en Washington, es seguro que los europeos tendrán que aumentar sus gastos de defensa, profundizando los déficits y deudas públicas, y aumentando aún más la presión fiscal en un escenario de débil crecimiento y creciente inseguridad.

El resultado es, por tanto, un cuadro general de nerviosismo entre los miembros de la UE, reflejado en estos días por el tenso enfrentamiento transatlántico en la Conferencia de Seguridad de Munich, y diversos intentos de adaptarse a la nueva situación mezclando de nuevo los peones. El más relevante de ellos procede, significativamente, de Alemania, el país que más está sufriendo las consecuencias económicas del enfrentamiento con Moscú. El anuncio de Olaf Scholz del acuerdo bilateral con Ucrania para el suministro alemán de artillería y misiles y, por otro lado, la propuesta del ministro alemán de Defensa, Christian Lindner, de crear un escudo nuclear europeo, muestran la clara intención de Berlín de salir del arrinconamiento y volver a jugar un papel protagonista en la Unión en el nuevo contexto que está madurando: de puente con Rusia a avanzadilla del despliegue occidental en la nueva fase de oposición, pero recuperando, a cambio, el liderazgo del continente.

Esta perspectiva -subrayada por la alarma enfatizada por los propios alemanes sobre el posible desarrollo inminente de un arma nuclear espacial por parte de Moscú, y por la actitud belicosa constantemente alimentada hacia Putin por Ursula von der Leyen- parece indicar una estrategia precisa tanto política como económica por parte alemana, que puede resumirse en el intento de sustraer a la UE del declive inducido por la “reconversión ecológica” invirtiendo ante todo en la industria bélica.

Una estrategia que, sin embargo, se asemeja a un perro que se muerde la cola: ¿cómo puede la industria armamentística europea ser competitiva a nivel mundial y garantizar unas capacidades de defensa autónomas (cuando no autosuficientes) para el continente, en un contexto de desindustrialización y de creciente atonía en el abastecimiento energético, las cadenas de suministro y el mercado de materias primas? Para que un proyecto así no sea pura propaganda tendría que suponer un giro de 180 grados en todas las políticas recientes y poco meditadas de abandono de las fuentes de energía fósiles, de bloqueo de la energía nuclear y de “castigo” de las emisiones de CO2 aplicadas por la UE.

Pero incluso suponiendo que un proyecto así tuviera éxito, tendría una consecuencia muy preocupante a medio plazo: Europa se convertiría principalmente en una exportadora de armas que buscando compradores alimentaría fatalmente las tensiones y conflictos ya activos o latentes en el contexto de Oriente Medio, Asia y África. Se determinaría así un efecto bumerán, porque para reforzar su propia seguridad, se encontraría cada vez más en la encrucijada entre crisis militares y humanitarias, siendo constitutivamente incapaz de gestionarlas mediante una política exterior común eficaz, y sacando así a la luz divisiones estratégicas entre sus miembros que en la perspectiva del “viejo” atlantismo parecían superadas.

Un escenario poco tranquilizador del que sólo sería posible escapar mediante una iniciativa diplomática de largo alcance para un nuevo sistema de seguridad europeo y, en perspectiva, euroasiático-africano. Las condiciones para ello, sin embargo, han sido sistemáticamente demolidas en los últimos años por la política de Biden y de la UE liderada por von der Leyen.