San Apolinar por Ermes Dovico
El escenario

Es necesario un cambio en la política internacional

Cualquiera que sea la matriz, el atentado de Moscú revela que es necesario un reajuste de la política internacional de los Estados occidentales según el criterio del realismo, del equilibrio de fuerzas y de los intereses.

Internacional 27_03_2024 Italiano

Todavía no está todo claro sobre la matriz del sangriento atentado perpetrado en Moscú en el Club Krokus la noche del pasado 22 de marzo. A pesar de que una “costilla” afgana del Isis ha reivindicado la paternidad del mismo y de que terroristas de nacionalidad tayika se adjudican su ejecución, sigue habiendo muchas dudas e interrogantes sobre la verdadera finalidad del atentado. Dudas e interrogantes que, naturalmente, en el clima enardecido por el conflicto ruso-ucraniano, por la tensión disparada entre Rusia y Occidente y por los demás frentes polarizados actualmente abiertos en la escena internacional, todos los actores y bandos dirigen su atención a proponer una interpretación del acontecimiento más o menos “explicativa a su manera”, según la cual el director de la operación es su antagonista, considerado capaz de toda infamia.

Así, Vladimir Putin y los jefes del gobierno ruso han dirigido inmediatamente sus sospechas hacia Ucrania, todos los círculos antioccidentales del mundo han propuesto la hipótesis de una dirección por parte de la CIA, los servicios británicos, Mossad y similares, y a la inversa, desde el Occidente más alineado contra Putin, se ha propuesto casi sin pudor la idea de que el atentado ha sido permitido, o incluso urdido, por el régimen ruso para cimentar el consenso en torno a la guerra, o incluso para justificar una escalada.

Resulta casi imposible desenredar la maraña de explicaciones conspirativas en casos y contextos como estos, y es previsible que continúen los intentos de instrumentalizar este gravísimo episodio por razones de Estado desde diversos bandos. Por eso conviene ceñirse a los datos actualmente verificables, y a partir de ellos tratar de ofrecer una interpretación del suceso dentro del contexto global de la política internacional actual.

El primer dato emergente es que las organizaciones islamistas como el Isis, en sus diversas “declinaciones” locales -por mucho que estén vinculadas o sean utilizadas por otras partes- siguen sin duda muy activas y son capaces de atacar de forma dolorosa, y que incluso creen que pueden aprovechar una situación internacional en la que los elementos de fricción son innumerables y profundos para volver a impactar como han conseguido hacer varias veces en las últimas décadas a través de su red terrorista.

Tanto si se trata de debilitar a la Rusia de Putin, rica en minorías musulmanas y comprometida desde hace tiempo en un dificilísimo ejercicio de equilibrismo con el mundo islámico en su política interior y exterior, como si se trata de volver a golpear en el corazón de los “cruzados” europeos y occidentales, es evidente que el mundo yihadista cree que la actual situación de radicalización del conflicto ruso-ucraniano y del conflicto de Oriente Próximo le ofrece muchas oportunidades nuevas para conseguir lo que sigue siendo su principal objetivo: desestabilizar Oriente Medio, Asia Central y el “Norte” del mundo que de una u otra forma ejerce su influencia sobre esas regiones, y de esta manera ganar terreno para poder establecer enclaves de poder en diferentes puntos.

El segundo hecho, relacionado con éste pero más general, es que por un lado las luchas de poder radicales y de evolución magmática que han ido madurando en la escena mundial durante la última década, y por otro el nivel de tensión generalizada que han provocado, constituyen un escenario en el que se multiplican naturalmente las oportunidades para todos aquellos que desean echar más leña al fuego, y cada episodio puede desembocar en una escalada conflictiva cuya evolución puede escapar pronto al control de gobiernos y diplomacias.

El atentado de Moscú debería, en primer lugar, llamar nuestra atención sobre el hecho de que la actual dialéctica política y militar mundial está a años luz del consolidado y sistemático equilibrio bipolar del largo enfrentamiento entre EEUU y la URSS, a pesar de las superficiales referencias analógicas a la Guerra Fría que derrochan muchos observadores. Y está igualmente muy lejos de la configuración del periodo inmediatamente posterior a la Guerra Fría en el que la inestabilidad rápidamente cambiante del mundo postsoviético y los movimientos de la primera fase de la globalización se correspondían con el unipolarismo indiscutible (al menos así le parecía entonces a la mayoría) de la superpotencia victoriosa de EEUU.

Hoy nos encontramos en un mundo inevitablemente multipolar, tanto económicamente como en términos de poder, sin distinciones jerárquicas claras. Y lo que es más, se trata de una multipolaridad que no está consolidada ni es sistemática, sino más bien fluida, sujeta a constantes cambios y sacudidas, inervada por civilizaciones y culturas contrastadas. En ella, la pretensión de muchos actores de asumir una importancia regional o planetaria no sólo ha erosionado la hegemonía del poder estadounidense-occidental, sino que de hecho ha hecho imposible cualquier convergencia en torno a la idea de una supuesta “comunidad internacional” más o menos inspirada en los principios ético-políticos históricamente pertenecientes a Occidente, y por el contrario ha favorecido una creciente convergencia entre actores también muy diferentes y conflictivos desde el punto de vista geopolítico y cultural en nombre del antioccidentalismo. De hecho, el antioccidentalismo ha sido uno de los principales catalizadores del conflicto ruso-ucraniano, y además el conflicto árabe-israelí fue reactivado a sabiendas y brutalmente por Hamás y sus patrocinadores (el Irán de los ayatolás) con el mismo fin.

En semejante contexto, en el que no parecen existir criterios comúnmente aceptados de prudencia y disciplina en las relaciones internacionales, la posibilidad de que una reacción en cadena desencadene un conflicto a gran escala en poco tiempo incontrolable, no es fruto de fantasías catastrofistas, sino desgraciadamente de valoraciones realistas.

Ante una situación tan problemática y potencialmente explosiva, los gobiernos y las cancillerías occidentales tendrían por tanto que reflexionar profunda y radicalmente sobre su enfoque de política exterior. El momento histórico exigiría dejar de lado, en este contexto, los planteamientos moralistas, los tonos de cruzada, los llamamientos a la defensa intransigente de los “principios” occidentales y la demonización de los adversarios, cosas que ya han demostrado ampliamente ser contraproducentes, cuando no catastróficas, en los últimos veinte años. Requeriría un reajuste reflexivo y consciente de la política internacional según el criterio del realismo, del equilibrio de fuerzas e intereses.

También requeriría una estrategia coherente destinada a enfriar los principales frentes contrapuestos y a sentar las bases de una evolución del multipolarismo mundial hacia un sistema estable, caracterizado por fronteras y zonas claramente definidas y por una idea de la seguridad lo más compartida posible entre los principales actores.