San Leónidas de Alejandría por Ermes Dovico
LA PELÍCULA

El Sonido de libertad que rompe el tabú de la pedofilia

La Brújula Cotidiana ha podido ver la taquillera película y ha comprendido por qué el esnobismo dominante se opone a ella: porque tiene el mérito de romper todos los tabúes sobre la pedofilia.

Cine y tv 26_02_2024 Italiano

Empecemos por despejar el campo de leyendas negras. En Sound of Freedom – Sonido de Libertad no hay un solo fotograma que aluda ni remotamente a la conspiración Qanon, ni a la lucha del Trumpismo MAGA (Make America Great Again, el eslogan de su campaña electoral del 2016) contra los grandes poderes “desviados”, ni siquiera hay vagas referencias a esas extrañas teorías sobre las élites mundiales gobernando a través de una red de pedófilos VIP adictos al adrenocromo. De hecho, cuando se rodó la película en 2015 (y se terminó en 2018), el 'Qanonismo' ni siquiera había nacido.

Sin embargo, cierto mainstream, bien visto incluso por la prensa especializada y no especializada, ha decidido ignorar o incluso denostar esta joya del cine independiente que, con un presupuesto de apenas 15 millones de dólares, se ha llevado a casa más de 180 millones en la taquilla norteamericana y acumula actualmente 250 millones.

En esta superproducción de Alejandro Monteverde y protagonizada por Jim Caviezel, que denuncia el tráfico de niños por parte de redes criminales pedófilas en Centroamérica, hay por fin un objetivo claro: hacer -y hacer bien- cine cristiano. Sonido de Libertad está realizado con una gran calidad, empezando por las elecciones del productor Eduardo Verastegui, que no oculta su fe católica. Desde la fotografía hasta la banda sonora, donde Mercedes Sosa y Shakira conviven con gran naturalidad.

Desde los diálogos hasta el acertado suspense que sitúa Sonido de Libertad entre el relato policíaco y el thriller, aunque la escena de la detención de los pederastas en la isla quizá hubiera merecido más tensión narrativa y menos prisa por pasar a la siguiente escena. Hay llanto, pero no angustia, sino más bien un velo constante de consternación al pensar que los hechos narrados se basan en una historia real.

Hablando de menores explotados: en la película, una banda de traficantes de niños es detenida en una isla frente a Cartagena, donde supuestamente iba a tener lugar la orgía de los ricos. Algo muy -muy- parecido a la isla de Epstein. De nuevo, ninguna referencia a la realidad, pero… Qué casualidad. La trama ya es bien conocida. Inspirada en la historia real de Tim Ballard, el agente de la Agencia de Seguridad Nacional de EEUU dedicado a desmantelar el tráfico de niños entre México y EEUU, la película nos habla de Miguel y Rocío, dos niños hondureños secuestrados por una organización criminal con el pretexto de un casting para un concurso de belleza.

No hay imágenes escabrosas, pero las atenciones sexuales pedófilas se plasman con una pasión narrativa y emotiva que atrapa, entre los silencios y las miradas de las jóvenes víctimas de este tráfico. Aquí es donde entra Ballard, quien, tras detener a un pederasta por posesión de pornografía infantil, decide llegar al fondo del asunto y alcanzar al pez gordo, es decir, a la cúpula de una organización criminal que, entre Colombia, Honduras y México, suministra la “mercancía” para el mercado estadounidense.

En 2013, Ballard y algunos ex agentes del Gobierno habían dejado sus trabajos para fundar “Operation Underground Railroad” (O.U.R.), que trabaja en todo el mundo y en colaboración con las fuerzas del orden para rescatar a niños de la esclavitud y la explotación. Y la película trata precisamente de esta actividad que Ballard pone en marcha tras dimitir y embarcarse en un descenso al abismo del sadismo pedófilo

Ésta es la cuestión. La película es un puñetazo en las tripas porque muestra que la pedofilia no es sólo una perversión de sádicos y abusadores desvinculados entre ellos, sino una red en expansión y un negocio con sus propias reglas, sus propios muestrarios, sus propios proveedores y sus propios usuarios finales. Quienes -ésta es una de las frases más significativas del diálogo entre Ballard y el “vampiro”, un antiguo hombre del cártel de narcos de Calì reconvertido a la causa antipederastia- saben que la mercancía de los menores es más rentable que la cocaína, que desaparece tras su consumo. El niño abusado, en cambio, es una “inversión”: se puede volver a abusar de él y, si es necesario, venderlo incluso a las FARC, como en el caso de la pequeña Rocío, que es vendida a la guerrilla comunista, terminando como objeto de placer de un comandante despiadado y baboso, desafinado y brutal hasta cuando canta El camino de la vida.

Así acaba en la selva ecuatorial colombiana, y el aventurero viaje de Tim para rescatarla es un auténtico descenso a los infiernos, sabiendo que puede tener un desenlace fatal.

El esnobismo cultural de los medios de comunicación “dominantes” ha decidido atacar criticando una de las frases del protagonista, que justifica así su misión: “Los hijos de Dios no se venden”. Que en realidad no es nada comparado con la frase que viene más tarde, porque durante la detención de un pederasta, antes del clásico “Queda usted detenido” le tira a la cara la evangélica “piedra de molino al cuello”. Que viniendo de alguien que se hizo famoso interpretando al Jesús de Mel Gibson impresiona bastante. Jim Caviezel es capaz de una intensidad interpretativa conmovedora y magnética. Es una pena que peque de cierto inmovilismo en sus movimientos, algo que le hace estar un poco acartonado en algunos momentos.

Los que señalan las incoherencias de la historia con la vida real de Ballard parecen estar mirando al dedo más que a la luna. La luna es ésta: existe en el mundo un comercio que prospera y obliga a millones de niños a la esclavitud y que se alimenta de la sexualización precoz y de la insinuación de que los menores pueden relacionarse sexualmente con los adultos. Negar esto es mirar hacia otro lado y no darse cuenta de que la última frontera del abismo, el tabú más inaceptable, la pedofilia, empieza a abrirse paso cada vez más activamente.

Hay una sociedad que, por un lado, con el aborto trata a los niños como desechos y, por otro, los utiliza porque dan mucho dinero, son un negocio, como demuestran los millones de vídeos y fotos de pornografía infantil en Internet. Es sólo la otra cara de la moneda. Sonido de Libertad tiene el mérito de contar la cara de la moneda que ha permanecido oculta durante demasiado tiempo.