El peso de las palabras: así se convierte la religión en blanco de ataques
Se multiplican los ataques de fanáticos desde Jerusalén hasta Cisjordania y ahora también en el Líbano, que tienen como objetivo símbolos cristianos y musulmanes. La religión se convierte en blanco de ataques cuando la política fracasa y alimenta el odio, empezando por el lenguaje. Hablamos también de las advertencias de Pizzaballa y del Papa.
Cuando las noticias informan de un crucifijo roto, de una iglesia pintada con grafitis, de un religioso insultado en la calle, la reacción es inmediata. Indignación. Rabia. Desde Jerusalén hasta Cisjordania y ahora también en el Líbano, se multiplican los ataques de fanáticos que tienen como objetivo símbolos cristianos y musulmanes. Cruces destrozadas, inscripciones ofensivas, monasterios atacados, religiosos ultrajados, escupitajos, intimidaciones. En algunos casos, grupos de colonos extremistas atacan pueblos palestinos enteros sin distinguir entre musulmanes y cristianos. No son inventos ni exageraciones. Es una realidad documentada. Acciones inspiradas por una parte muy concreta. Minorías radicales, a menudo jóvenes con connotaciones ideológicas precisas. Inmersos en una visión del mundo en la que tierra, identidad y religión se funden hasta convertirse en un arma. No representan a todo un pueblo, pero actúan dentro de un contexto que lo hace posible: un conflicto que se prolonga desde hace décadas, donde cada símbolo se convierte en blanco y cada gesto puede incendiar una comunidad.
La cuestión no es elegir qué violencia relatar, es comprender por qué la religión se convierte en blanco de ataques: lo hace cuando la identidad se radicaliza y la política fracasa. Cuando se cultiva el miedo en lugar de desactivarlo. Cuando el extremismo deja de ser marginal y empieza a dictar ley. Y entonces vuelven las imágenes: la cruz rota, el insulto, el escupitajo. No son solo episodios. Cada vez se dice lo mismo, y es que la frontera entre la convivencia y el conflicto se está difuminando. En este contexto, el odio entre israelíes y palestinos tiene raíces históricas, políticas y territoriales muy profundas, estratificadas a lo largo del tiempo, y nunca se ha querido resolver. Pero dentro de esta complejidad hay un elemento decisivo y a menudo subestimado: el lenguaje público. No como un detalle, sino como una fuerza que incide en el conflicto.
En momentos de crisis, las palabras pronunciadas por algunos ministros del Gobierno liderado por Benjamin Netanyahu, algunos líderes políticos y por figuras institucionales nunca son neutrales. Pueden contribuir a alimentar la desconfianza, a reforzar narrativas opuestas y endurecer posiciones ya frágiles. Y en los momentos más delicados, también pueden exacerbar el clima social y político, transformando una tensión política en una confrontación entre poblaciones enteras que se percibe como existencial. Cuando el discurso público utiliza tonos agresivos, generalizaciones o acusaciones colectivas, el riesgo es siempre el mismo: borrar las diferencias internas, simplificar sociedades complejas, reducirlo todo a un esquema binario. En este esquema, el otro deja de ser un interlocutor y se convierte en una amenaza colectiva. Es lo que está ocurriendo en Israel.
Es aquí donde las palabras cambian de naturaleza. Sobre todo cuando provienen de quienes tienen responsabilidades institucionales. El lenguaje político, en lugar de tender puentes, agranda las fracturas. Y en contextos ya marcados por la violencia y la desconfianza, este efecto se amplifica. Un lenguaje que reduce al otro a un bloque único o que acaba legitimando implícitamente la violencia, dificultando cualquier intento de diálogo. Por el contrario, una comunicación que reconozca la complejidad de la situación y la humanidad de ambas poblaciones puede mantener abiertos los espacios de mediación incluso en los momentos más críticos.
Como recuerda a menudo el patriarca de Jerusalén, Pierbattista Pizzaballa, la paz nunca es un automatismo político, sino una elección cotidiana en medio del conflicto, un esfuerzo que rechaza la deshumanización del otro. En esta misma línea se situaban las palabras del Papa Francisco, qe definió la guerra como “una derrota para todos” y denunció el uso del nombre de Dios para justificar la violencia. El Papa León XIV, por su parte, exhorta a la humanidad a una urgencia moral: el odio es una prisión y la paz debe ser “desarmada y desarmante”, porque “quien tiene el poder de desencadenar guerras debe tener el valor de elegir la paz”, invitando a “eliminar el odio de nuestros corazones”.
Ese odio que enfrenta a israelíes y palestinos es un veneno que está consumiendo el futuro de dos pueblos, encadenándolos a un presente de dolor, a un estancamiento pantanoso. No habrá verdadera seguridad tras un muro ni a través de un arma. Porque la paz no es un equilibrio de fuerzas, sino un ejercicio de humanidad; es mirar más allá de los escombros y reconocer en el “enemigo” un rostro similar al propio, portador de los mismos deseos de vida y dignidad. Pero la verdad más incómoda sigue siendo otra. Es la simplificación. Esa que toma un episodio, lo aísla, lo transforma en sentencia moral sobre comunidades enteras. Es un mecanismo cómodo, inmediato, y precisamente por eso peligroso.
La realidad sobre el terreno es mucho menos clara, más compleja que las narrativas. “Las palabras pueden matar más que las armas”, ha advertido el cardenal Pizzaballa. Actos de vandalismo contra iglesias cristianas, intimidaciones a religiosos, pintadas ofensivas en lugares sagrados musulmanes, acciones de grupos extremistas contra aldeas palestinas y, en momentos de represalia y venganza, también profanaciones contra sinagogas y símbolos judíos. La cuestión no es negar, sino dejar de convertir todo esto en prueba de culpa colectiva porque cada vez que se da este salto lógico, se lleva a cabo una operación política disfrazada de análisis. Un hecho se convierte en identidad. Un grupo de extremistas se convierte en un pueblo. Un episodio se convierte en naturaleza. Y así es como se alimentan tensiones que luego se dice querer condenar. Dentro de este esquema, la religión es la primera víctima y, al mismo tiempo, el primer instrumento. Una iglesia se convierte en blanco porque es un símbolo. Una mezquita porque es un signo. Una sinagoga porque es identidad visible. Y cada vez el efecto es inmediatamente político. Como ha subrayado de nuevo el cardenal Pizzaballa: “La violencia no nace de la religión, sino de la instrumentalización de la religión”.
Las autoridades religiosas, a menudo ignoradas, lo repiten desde hace años, pero la narrativa pública prefiere el atajo: identificar a un único responsable, simplificar el mapa, reducir la complejidad a una línea recta. Pero en esta región la línea recta no existe. Existe la espiral. Y cada episodio la alimenta. Y así se vuelve siempre al mismo punto. La convivencia no es un concepto que evocar en momentos solemnes. Es una disciplina cotidiana hecha de frenos, autocontrol, responsabilidad política y religiosa. Y sobre todo de una elección: rechazar la tentación de convertir al otro en una categoría. Porque, cuando se convierte en ello, el paso siguiente ya está escrito.
El odio no estalla por sí solo, se construye. Pero si se construye, también se puede detener. No con palabras tranquilizadoras y manidas, sino con decisiones concretas, difíciles y a menudo impopulares. Sin esto, la convivencia sigue siendo una ilusión.
