• EL TESTIMONIO

El padre Jean Pierre, hombre de paz y profeta del futuro

La muerte y los funerales en Marruecos del monje trapense de 97 años que escapó de la masacre de Tibhirine (Argelia) en 1996 han mostrado cómo puede nacer la amistad entre cristianos y musulmanes cuando se vive la fe en la fidelidad diaria al Evangelio, sin concesiones, incluso a costa de la propia vida. El abrazo de cristianos y musulmanes en torno a su tumba fue el milagro de una amistad posible cuando la búsqueda sincera de Dios habita en el corazón humano.

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El padre Jean Pierre Schumacheur descansa, enterrado en la tierra desnuda como dicta la tradición trapense, en el cementerio del monasterio de Notre Dame de l'Atlas, en Midelt (Marruecos), junto a siete hermanas Franciscanas Misioneras de María que dedicaron toda su vida al pueblo magrebí. Fallecido el domingo 21 de noviembre mientras la comunidad celebraba la Eucaristía y el monje enfermero permanecía a su lado, el padre Jean Pierre es el primer trapense que descansa en este cementerio.

Y quienes se han encargado de la sepultura, inmediatamente después de la celebración de la Eucaristía presidida por el arzobispo de Rabat, el cardenal Cristóbal López, y celebrada a última hora de la mañana del 23 de noviembre, eran sus amigos musulmanes que lo trataban como un padre, venerándolo ya como un santo.

¿Por qué? ¿Qué ha hecho este humilde trapense que escapó de la masacre de 1996 en Tibhirine (Argelia), cuando fueron martirizados siete monjes, declarados beatos en 2008? Por los numerosos mensajes que siguen llegando de todo el mundo, está claro que la vida de este sacerdote de 97 años fue un testimonio de paz y una “profecía del futuro”. Me parece que así puedo definir su muerte y los ritos de entierro.

“Hombre de paz”: esto es lo que escriben y dicen de él todos los que comentan su muerte en el monasterio de Notre Dame d'Atlas, un lugar solitario de presencia cristiana en medio de un territorio habitado por bereberes, islamizado por la ocupación de los árabes.

Desde el pasado mes de septiembre yo también vivo en este monasterio, y lo hago para sustituir en las celebraciones eucarísticas al prior de la comunidad, el padre Jean Pierre Flachaire, que se encuentra en Francia para recibir un tratamiento médico. Este tiempo me ha dado la oportunidad de respirar la atmósfera de cuidados con la cual los cinco monjes y un ermitaño cuidaron a su anciano hermano, cuya salud era cada vez más frágil pero cuyo temperamento fue el de un líder en el campo de batalla hasta el final.

Su apostolado fue el diálogo por correspondencia: siempre recibía y respondía personalmente a las miles de cartas de amigos y conocidos con los que mantenía un contacto espiritual constante. Un día me dijo, mostrándome un paquete de cartas: “Mantengo una correspondencia regular con estas personas desde hace 17 años, aunque no las conozco y nunca las he visto. Mi misión es escuchar, rezar y consolar. Pero ahora ya no puedo seguir haciéndolo”. 

Es cierto que, muy a su pesar, al final tuvo que aceptarlo porque ya no podía ni escribir, así que su único “compromiso” a partir de ese momento fue la oración. Estaba a mi lado en el coro y a menudo me lo encontraba en la oscuridad de la capilla en contemplación silenciosa. Cada vez estaba más débil, se notaba el cansancio y la debilidad de la edad, pero de su rostro se desprendía la paz interior que habitaba en él y que era capaz de comunicar a todos. Sí, éste era su carisma: vivir en paz y transmitirla a todos los que encontraba.

La muerte, como la vida, ha sido un testimonio de paz y el funeral fue una “profecía de futuro” porque parece ser la conclusión lógica de un camino difícil pero fructífero de testimonio evangélico en el contexto musulmán, primero en Argelia y luego en Marruecos desde el año 2000.

No se puede construir algo sólido y duradero sin el compromiso de la fidelidad diaria al propio ideal, incluso a costa de la propia vida.

Cuando en los años sesenta el padre Jean Pierre entró en el monasterio de Tibhirine, en Argelia, el objetivo era claro y ciertamente valiente: ser monjes entre los argelinos, dar testimonio del Evangelio como personas de oración que viven en medio del pueblo musulmán, un pueblo que reza.

No es una misión fácil de entender y mucho menos de cumplir. Junto a la cordial simpatía de la población local, ha habido riesgos y amenazas de los extremistas islámicos. El primer intento de secuestro tuvo lugar la noche del 24 de diciembre de 1993, justo cuando se preparaban para la Vigilia de Navidad. El intento se evitó porque el prior de la comunidad le dijo al jefe de los comandos que esa era una noche sagrada para los cristianos y los secuestradores liberaron a los monjes, prometiendo volver.

La comunidad decidió permanecer unida a pesar de los riesgos e incertidumbres del momento. Y juntos vivieron el drama del secuestro y el asesinato de siete monjes, que tuvo lugar entre la noche del 26 al 27 de marzo y el 30 de mayo de 1996, cuando sólo se recuperaron las cabezas. A menudo se preguntaba por qué se había librado del martirio y concluía diciendo que era para poder dar testimonio del espíritu de la Comunidad de Tibhirine y continuar su misión. Obligado a trasladarse en 1997 por razones de seguridad, el padre Jean Pierre se unió a la comunidad trapense de Marruecos, primero en Fez y luego en 2000 en Midelt, donde dejó un signo tangible de su paso y, sobre todo, de su muerte, que permitió a muchos descubrirlo o conocerlo mejor.

De hecho, el abrazo de cristianos y musulmanes en torno a su tumba permanecerá en la mente de todos los presentes como una “profecía del futuro”: una sola familia en oración, el milagro de la amistad posible cuando la búsqueda sincera de Dios habita en el corazón humano. El profesor Faouzi Skali, conocido autor de textos sobre la espiritualidad sufí y hombre fuertemente comprometido con el diálogo espiritual entre las dos religiones, además de ser un viejo amigo de los monjes y del padre Jean Pierre en particular, ha hablado sobre la amistad y el diálogo.

Después de dar su testimonio, pidió a los musulmanes presentes que rezaran la “Fatiha” (la primera de las suras o capítulos en que está dividido el Corán, y que representa para los musulmanes la “esencia” del libro sagrado del Islam) y fue un espectáculo increíble de ver y oír. En ese momento alguien comentó, y con razón, que durante esos minutos de oración parecía hacerse realidad el sueño del difunto: hermanos buscando a Dios de diferentes maneras e invocándolo con estilos distintos pero con el mismo corazón.

¿Qué testamento espiritual deja el padre Jean Pierre? En estos años en los que la confrontación con el Islam ha planteado la cuestión de si es posible ser cristiano en un país musulmán, su ejemplo se suma al precioso legado de los mártires de Tibhirine. Su ejemplo, y sobre todo su testimonio, que sigue las huellas de Charles de Foucauld (será proclamado santo en mayo del año que viene) y de otros precursores de este diálogo, demuestra que es posible buscar una vía de encuentro.

No se trata de cultivar el diálogo teológico porque sería imposible conciliar las dos visiones diferentes de Dios y de la religión. Sin embargo, siempre es posible un diálogo que se transforma en un abrazo y que favorezca la amistad en el respeto mutuo, una amistad espiritual entre personas en busca de Dios y un compromiso diario de romper prejuicios para construir una fraternidad hecha de pequeños gestos de respeto y cooperación. Ésta es la marca de la hermandad que se ha establecido entre los monjes y la comunidad musulmana que rodea el monasterio.

Pero para que el diálogo se produzca de verdad es indispensable, como muestran los monjes con su presencia, vivir en la Iglesia, fieles al Evangelio sin concesiones, y dispuestos a dar la vida para que el Amor triunfe. Y así, estos monjes se convierten en signos de amor y esperanza, “orando entre los orantes”, haciendo presente silenciosamente a Jesucristo entre una población que lo conoce pero no lo reconoce como Dios. Una presencia que es signo de fidelidad al Evangelio, a la Iglesia y a la población musulmana, una forma sencilla de buscar y construir el diálogo islámico-cristiano en la vida cotidiana, el diálogo de la vida.

El problema, la dificultad más preocupante para el diálogo es, en cambio, el debilitamiento de la fe en aquellas comunidades que, por un falso espíritu ecuménico o un inútil “buenismo”, renuncian a su identidad cristiana.

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