El milagro que sana el corazón
«¡Animo, hijo!, tus pecados están perdonados» (Mt 9,2)
En aquel tiempo, subió Jesús a una barca, cruzó a la otra orilla y fue a su ciudad. En eso le presentaron un paralítico, acostado en una camilla. Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico:
«¡Animo, hijo!, tus pecados están perdonados».
Algunos de los escribas se dijeron:
«Éste blasfema».
Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo:
«¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir: "Tus pecados te son perdonados", o decir: "Levántate- y echa a andar"? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados - entonces dice al paralítico -: "Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa"».
Se puso en pie, y se fue a su casa.
Al ver esto, la gente quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad.
(San Mateo 9, 1-8)
Jesús va más allá de la enfermedad física y llega hasta la herida más profunda del ser humano: el pecado. La curación física se convierte así en el signo visible de un don aún mayor: el perdón de los pecados, que devuelve una vida nueva. La fe de los amigos del paralítico muestra, además, lo valioso que es llevar a los demás a Cristo con confianza y perseverancia. ¿Tienes la misma fe que los amigos del paralítico a la hora de llevar ante Dios a las personas que amas? ¿Qué parálisis interior te invita hoy el Señor a superar para levantarte y caminar con Él?
