• EPIDEMIAS Y PECADO/3

El castigo y la conversión, el discernimiento para juzgar

La emergencia del Coronavirus ha puesto encima de la mesa el tema del castigo de Dios, al que se han vinculado también profecías y ejemplos de obispos santos. ¿Cómo juzgar? Con un verdadero discernimiento que busque la conversión gracias a dos factores: el ejercicio del ministerio episcopal como depositario de “un carisma seguro de verdad” y el reconocimiento por parte del pueblo de la santidad de sus obispos. Hoy en día algo similar no sería posible con respecto al Covid-19 porque un obispo de una diócesis que hablara como Gregorio Magno y Carlos Borromeo terminaría en la trituradora de los medios de comunicación. Por tanto, si hay castigos, se los llevamos a Cristo para pedirle que sus heridas nos curen no sólo de los pecados, sino también del Covid-19.

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Después de “escuchar” las Escrituras (véase aquí y aquí), hemos buscado una comprensión del castigo divino en armonía con la naturaleza de Dios y del hombre. Aventurémonos ahora en una actualización final y concreta.

1. Aceptar y respetar todas las Escrituras

Hemos visto que las Escrituras hablan de los castigos de Dios, pero las calamidades no son siempre la consecuencia de los pecados anteriores. Hay que aceptar todas las perspectivas,  no sólo una - ¡el autocastigo! -, verificando caso a caso lo que las Escrituras dicen o no dicen.

Los libros de la Biblia están “escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo y tienen a Dios como autor” (CIC 105; cf. 2Tim 3:16) y con Jesús y las Escrituras que hablan de Él se cumple la revelación. Por consiguiente, lo que vino después ya no está ni revelado ni inspirado.

En cuanto a nuestra pregunta, significa que cuando la Escritura establece una relación entre el pecado y la calamidad o la enfermedad o la muerte misma, está inspirada por el Espíritu Santo, mientras que más tarde dicha relación ya no puede afirmarse con la misma certeza y garantía.

2. ¿Y después de las Escrituras?

“Aunque la Revelación ya se haya cumplido, no se hace completamente explícita; le corresponderá a la fe cristiana captar gradualmente su pleno significado a lo largo de los siglos” (CIC 66). La Iglesia no está obligada a repetir sólo los relatos de la Biblia, sino que puede leer el presente –es más, está obligada a hacerlo - a la luz de la Biblia en el sentido de “explicitación”.

En cuanto a nuestra pregunta, significa que, incluso sin la certeza de la inspiración y la revelación, es posible discernir una relación entre un pecado o una serie de pecados y el sufrimiento -por ejemplo el Covid 19- en términos del castigo medicinal de Dios. Puesto que en la Biblia existen las dos posibilidades de relación o no relación entre el sufrimiento y el pecado, y puesto que ya no hay un tiempo de inspiración y revelación, nadie está obligado a aceptar este discernimiento, pero nadie puede condenarlo excepto aquellos que creen erróneamente que la única solución extrema es válida: “Dios no envía ningún castigo a causa de los pecados”.

Este discernimiento se realiza a través de la reflexión y el estudio de los creyentes, a través de la inteligencia profunda que estos adquieren de lo espiritual, a través de la predicación de los pastores (cf. CIC 94), por lo que discernir que un cierto sufrimiento es un castigo de Dios requiere una cierta profundidad espiritual y una “armonía” con las cosas divinas: ¡nadie puede inventarlo!

De hecho, en este sentido el Covid-19 ha puesto las profecías marianas y las palabras de los santos pastores del pasado de nuevo encima de la mesa. Vale la pena analizarlas.

3. Las revelaciones proféticas sobre Covid-19

A principios del siglo XX Luisa Piccarreta († 1947), con la garantía de las palabras de Jesús, vio dos fuegos que se unieron, uno en China y el otro en Italia. El 28 de septiembre de 2019, la Virgen, que se apareció en Trevignano Romano, habló de un virus procedente de China. En los mensajes brasileños de Anguera, la Virgen especificó que el virus se había fabricado en un laboratorio. Desde Medjugorje hay mensajes de tiempos calamitosos y satánicos interpretados en el sentido de Covid-19, pero el texto no menciona explícitamente el virus.

¿De qué manera se afronta este tipo de mensajes que a menudo generan angustia y miedo por un cierto fatalismo como: “Ya estaba/está escrito y no puede no ocurrir”?

Aparte de que no es fácil verificarlo, sigue siendo válido el criterio formulado por el cardenal Joseph Ratzinger sobre las “profecías” de Fátima, en las que “el significado de la visión no es mostrar una película sobre el futuro irremediablemente fijado; su significado es exactamente el contrario, el de movilizar las fuerzas de cambio para el bien”. (Comentario teológico del 26-6-2000 en EV 19/1015). Además “Dios sigue siendo el inconmensurable y la luz que sobrepasa toda nuestra visión (...). El futuro se muestra sólo ‘como en un espejo, de manera confusa’ (cf. 1 Cor 13:12)”. (ivi 1016). Así que, en lugar de describir un futuro en detalle, los mensajes sobre el Covid-19 siguen siendo una invitación a la conversión. Si son demasiado precisos, pueden ser sospechosos.

4. Las palabras y acciones de los santos pastores en las epidemias de su tiempo

También hay reconstrucciones históricas sobre las reacciones de los santos pastores a las epidemias de su época. Roberto de Mattei ha escrito sobre san Gregorio Magno († 604) y sobre san Carlos Borromeo († 1584), respecto al que también señalo una apreciable contribución de Ermes Dovico. No se trata de reconstrucciones asépticas, sino que pretenden comparar a esos santos pastores con los pastores de hoy que, aparte de las intervenciones en la televisión o en la web, no organizan  oraciones públicas con la presencia física de los fieles y, sobre todo, a diferencia de los santos mencionados, no interpretan el Covid-19 como un castigo de Dios. Roberto de Mattei es explícito y después de dar cuenta de las palabras de san Gregorio Magno sobre “terribles acontecimientos” que son “presagios de la ira futura”, concluye: “Son estas palabras, y no el sueño de la Amazzonia felix, lo que la Iglesia necesitaría hoy".

¿Cómo reaccionar? Para ser santos hoy en día, ¿deberíamos hacer lo mismo? Independientemente del hecho de que el Covid-19 ha oscurecido hasta ahora el “sueño de la Amazzonia felix” porque hay algo más de lo que preocuparse, los santos pastores en cuestión tenían una relación más intensa con la “civitas” que un obispo actual: san Carlos Borromeo se vio favorecido por una autoridad moral excepcional y también por la debilidad de los gobernantes que habían abandonado Milán por miedo; San Gregorio Magno vivió después del fin del Imperio Romano de Occidente -la deposición de Rómulo Augusto el último emperador se remonta al 476 y Gregorio murió en el 604- con la consecuencia de un fortalecimiento, incluso civil, de los Pontífices como figuras autorizadas y fiables. Como resultado, ambos pudieron movilizar a la población de la ciudad, una tarea más complicada para un obispo italiano actual, también por el conocimiento más preciso sobre la transmisión del contagio.

Pero no pretendo detenerme en cuestiones históricas y cívicas, sino en la interpretación de los dos santos pastores sobre la plaga como castigo de Dios por los pecados del pueblo. Bien, como resultado de lo que se ha dicho anteriormente, este discernimiento no es ni revelado ni inspirado y por lo tanto no requiere ser aceptado, e incluso uno puede estar completamente en contra. Pero no se puede descartar como falso o inapropiado porque es legítimo y posible y “de acuerdo con las Escrituras”.

Por el contrario, lo que es valioso en este discernimiento es la aceptación por parte del pueblo de Dios. ¿Por qué? Porque entonces se produjeron dos hechos o criterios decisivos: el discernimiento se presentó como un ejercicio del ministerio episcopal depositario de “un carisma seguro de verdad” (CIC 94) y al mismo tiempo se produjo el reconocimiento por parte del pueblo de la santidad de sus obispos: fue la unión de estos dos factores lo que hizo que el discernimiento no sólo fuera aceptable, sino constructivo en términos de conversión de la vida y liberación de la peste.

¿Por qué hoy en día no sería posible algo similar con respecto a Covid-19? Tal vez sería posible, pero no sería normal, porque un obispo de una diócesis importante que hablara como Gregorio Magno o Carlos Borromeo terminaría en la trituradora de los medios de comunicación. En cambio, debería poder ser una opción pacífica para un santo obispo asumir esta posición, obviamente sin imponerla a los demás. Por una parte, hay supuestos como las injusticias, los pecados contra la vida y la afectividad ordenada según el plan del Creador (no sólo cometidos, sino protegidos por la ley), la desolación de las iglesias vacías que para algunos podrían ser símbolo del ocultamiento del rostro de Dios a su pueblo y que no puede ser sustituido por la pantalla del televisor o del ordenador (aunque sean mejores que nada, es más, es una gracia que existan); por otra parte, tal discernimiento derrotaría a la melodía pastoral única en favor de una polifonía más apropiada. Y encendería la oración de intercesión con mayor intensidad. Pero me doy cuenta de que tal vez sea un sueño.

5. No sólo de castigos vivirá el hombre

Sí, no sólo y no siempre el castigo. A veces hay pecado sin castigo, pero la Escritura advierte: “No digas: ‘He pecado, ¿y qué me ha pasado?’” (Sir 5:4). Lo ideal no es vivir con miedo al castigo, sino evitar el pecado por convicción, más aún, porque se vive en el amor donde “no hay temor (...), porque el temor presupone el castigo” (1 Jn 4, 18); el CIC 2090 habla de un “temor a ofender el amor de Dios y a provocar el castigo”.

Existe la confianza inducida por una Escritura que con una imagen humana dice que “el Señor se arrepintió de ese mal y le dijo al ángel que asolaba al pueblo: ‘¡Basta! ¡Retira tu mano!’” (2 Sam 24:16). ¿Por qué no podría pasar lo mismo con el Covid-19 después de nuestras oraciones?

Dios no sólo castiga, sino que consuela, porque es “el Dios de la perseverancia y del consuelo” (Rom 15, 4), que “nos consuela en todas nuestras tribulaciones” (2Cor 1, 4), de modo que “los tiempos de la consolación” (Hechos 3, 20) han llegado a nuestra vida. En Turín se venera la Virgen “Consolada” porque fue la primera en recibir los consuelos de la nueva alianza: en estos tiempos de angustia, miedo, incertidumbre, le pedimos la gracia del consuelo.

Por Jesús estamos en el amor del Padre (cf. Jn 14:21; 17:26), una gracia que nos libera de la opresión inducida por el castigo.

En cualquier caso, Jesús es el “siervo” a quien “nosotros tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado (...). El castigo que da la salvación cayó sobre él; por sus heridas hemos sido curados” (Is 53:4-5; cf. 1 P 2:24). Si hay castigos, los llevamos en él y ¿por qué no pedir que sus heridas nos curen no sólo del pecado sino también de Covid-19?

Por último, el Espíritu Santo no es sólo “casi un viento” (Hechos 2:2), sino que es el aliento de Jesús que, manifestándose a los discípulos, “sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20:22). En estos tiempos de Covid-19 –tanto si estamos verdaderamente enfermos o simplemente ansiosos- pedimos el don del Espíritu Santo y la gracia de “respirar” en todos los sentidos con su aliento.

Vivimos en primer lugar de estas riquezas y no sólo de los castigos, aunque haya sido útil hablar de ellos.

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