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El asalto a Trump marca el fin del modelo americano

El asalto a la casa del ex presidente es en realidad el signo y la culminación del dominio de una oligarquía (política, financiera, mediática, etc.) que ha subvertido el orden natural y legal. El remedio, sin embargo, no está en volver al llamado modelo americano, a los “principios de los Padres Fundadores”, porque éstos fueron diseñados desde el principio para permitir la dominación social y política de una oligarquía.

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Aunque he pasado toda mi carrera prediciendo el colapso del sistema político estadounidense, debo admitir que nunca imaginé que asistiría a su desaparición yo mismo. Sin embargo, los acontecimientos de los dos últimos años, que culminaron el pasado 8 de agosto con la descarada declaración de guerra a la libertad política y a la justicia igualitaria bajo la ley, representada por el asalto a Mar-a-Lago, me han dejado claro que podemos entonar sin ninguna duda el réquiem por el orden constitucional estadounidense.

La redada en el domicilio del presidente Trump -declarada necesaria para proteger unos documentos a los que, de hecho, ya tiene pleno acceso el FBI- ha sido la última muestra de lo segura que se ha vuelto la oligarquía política, financiera, tecnológica, sanitaria y mediática que domina arrogantemente la nación. Es una oligarquía que desprecia por completo todo lo relacionado con la creación, interpretación y administración de las leyes del país, así como los deseos y el bienestar de la población estadounidense en su conjunto. Algo que no sorprende dado el carácter internacional de sus miembros, cuyas sesiones parlamentarias anuales no se celebran en Washington sino en Davos, con la presencia de representantes de cada uno de sus elementos constitutivos. Actualmente, la justicia y la libertad son simplemente lo que esta oligarquía global quiere que sean, y todas las instituciones estadounidenses, tanto privadas como gubernamentales, han sido movilizadas y politizadas por ella para asegurar sus objetivos internacionales.

En consecuencia, la justicia estadounidense adquiere un significado muy diferente dependiendo de si hablamos de los tratos corruptos de Joe y Hunter Biden con China y Ucrania, o de si hablamos por el contrario de las pequeñas empresas devastadas por los confinamientos y los requisitos de vacunación exigidos por los servidores médicos de la oligarquía. Significa que se permite a los delincuentes sembrar el pánico en las ciudades con la bendición de los alcaldes demócratas y de los fiscales respaldados por George Soros que condenan la labor policial y el derecho a defenderse de la violencia de los ciudadanos que respetan a ley. Significa que los defensores de la vida, los jueces del Tribunal Supremo que toman decisiones que parecen favorecerles, los padres que desean proteger a sus hijos de los programas educativos diseñados para pervertir a los jóvenes desde una edad temprana, y los posibles planes del Enemigo Público Número Uno para presentarse a la presidencia en 2024, deben ser bloqueados a cualquier precio, por ruin que sea.

Para los oligarcas, la libertad implica el derecho a propagar sin trabas cualquier mentira que contribuya a su causa, por absurda que sea; para el resto de la gente, sin embargo, la libertad significa aceptar ciegamente esa propaganda y mantener la boca cerrada ante la connivencia de todos los diferentes elementos de la élite mundial que la perpetran. La libertad implica una acción decisiva de la Gestapo, antes conocida como el FBI, que ante las quejas públicas de los siervos se ve “obligada” a invadir sus casas y encerrarlos en la cárcel, como ocurrió con algunos de los manifestantes del 6 de enero. Si las masas continúan rebelándose, su propio bien exigirá que la oligarquía vuelva a empujar a grupos como Black Lives Matter a la acción para iniciar otra serie de Noches de los Cuchillos Largos. Y la propia causa de la Democracia tendrá que ser defendida contra la injerencia tecnocrática y popular ante un potencial contratiempo electoral; es decir, a través de la manipulación de los mecanismos de votación y la contestación armada de las masas contra cualquier resultado contrario que pueda surgir lamentablemente.

En pocas palabras, el asalto a Mar-a-Lago revela que la oligarquía está dispuesta a imponer el triunfo de su voluntad por cualquier medio a su alcance, que el sistema de frenos y contrapesos y la igualdad de la justicia ante la ley están totalmente rotos, y que hay que entonar el réquiem por el orden constitucional. Rezo y espero equivocarme, porque no quiero vivir en el país que está surgiendo por culpa del dominio de esta fuerza corrupta, ideológica y criminalmente vil. Rezo y espero una reacción electoral victoriosa en noviembre y que sea defendida por una reacción en las calles si los resultados vuelven a ser falseados como en 2020.

Pero incluso si esto ocurriera, la nación seguiría teniendo otro problema mucho más crucial que resolver. Para “reconstruir a mejor”, de una manera que pueda garantizar el bien común y la verdadera dignidad de la persona humana, habría que desenmascarar la mentira inherente, sofisticada y autodestructiva de todo el mito del American way como “última y mejor esperanza” de la humanidad. Porque a menos que se reconozca a esta bestia como el peligroso fraude que es, la fachada exterior del sistema político estadounidense (que está tan muerta como las cortes del último emperador romano de Occidente) se mantendrá artificialmente viva, permitiendo la continua opresión de una población que en gran medida aún se niega a reconocer quién la gobierna, cómo ha llegado y con qué fines últimos gobierna tan injustamente. Y como este mito se ha propagado por todo el mundo, especialmente desde el final de la Segunda Guerra Mundial, su supervivencia seguirá teniendo consecuencias desagradables en todo el mundo.

Ciertamente, no puedo esbozar aquí todas las razones por las que el mito de la gloria del American way ha condenado al sistema desde su creación. Quien esté interesado en una discusión tan detallada puede consultar un artículo que escribí sobre este tema para el Boletín de Doctrina Social de la Iglesia del Observatorio Internacional Cardenal Van Thuan. Baste decir que la Revolución Americana, la Constitución Americana y el American Way, todos ellos moldeados por el movimiento Whig de los siglos XVII y XVIII, cuyos objetivos fueron mejor expresados por John Locke, el fundador del liberalismo, fueron concebidos desde el principio para permitir la dominación social y política de una oligarquía. Bajo el lema de la protección de la libertad y la dignidad del individuo, el liberalismo angloamericano liberó de hecho al individuo de los obstáculos a su voluntad representados por las autoridades tradicionales, orientadas al bien común, clásicas y católicas del Estado y la Iglesia, y argumentó que cualquier esfuerzo por restaurarlas socavaría la libertad en general. Esto siempre ha supuesto una invitación abierta a los individuos más fuertes para que dominen la sociedad “en nombre de la libertad de todos”, sin ninguna fuerza política y moral sólida, abierta, natural y sobrenatural que se les oponga.

Las alianzas oligárquicas de estos hombres fuertes han cambiado con el tiempo y han conducido a la victoria de la élite global que oprime no sólo a Estados Unidos sino a todo el mundo occidental, en nombre de la libertad y la dignidad de todos. El presidente Trump y sus partidarios saben que esta afirmación es un auténtico engaño. Pero si piensan que el remedio para este mal está en un retorno a “los principios de los Padres Fundadores”, ya sean whigs, lockeanos o liberales, están muy equivocados. Sólo el retorno a un Estado fundado en la razón socrática y en la verdad católica puede domar la devastación causada por el intento de basar el orden político y social en el desencadenamiento de la voluntad individual corrompida por el pecado original. Si Cristo no es el rey, la Gestapo siempre estará esperando fuera de Mar-a-Lago.

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John Rao es un historiador estadounidense y antiguo profesor de historia en la Universidad de Saint John. Además, es el director del Roman Forum.

 

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