Conversión de San Pablo

La fiesta de la Conversión de San Pablo nos recuerda los frutos que produce acoger la gracia, capaz de transformar radicalmente a uno de los más activos perseguidores de la Iglesia primitiva en el anunciador más grande del Evangelio entre los paganos

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La fiesta de la Conversión de San Pablo nos recuerda los frutos que produce acoger la gracia, capaz de transformar radicalmente a uno de los más activos perseguidores de la Iglesia primitiva en el anunciador más grande del Evangelio entre los paganos. La conversión de Pablo, que había aprobado el asesinato de Esteban y se estaba dirigiendo a Damasco para continuar la persecución de los cristianos, está relatada en algunos de los versículos más bellos de los Hechos de los Apóstoles (en especial 9, 1-19), en los que, ante la manifestación de la luz y la voz celeste, sigue un primer reconocimiento de Cristo por parte del perseguidor, que le pregunta: «¿Quién eres, Señor?». Y oye que le responde: «Soy Jesús, a quien tú persigues». Es su primer encuentro con la Verdad, pero de ahí a abrazarla pasarán tres días en los que Pablo, en oración, estuvo «ciego, sin comer ni beber».

La tranquilizadora respuesta que el Señor le dará, mientras tanto, a san Ananías, el discípulo de Damasco llamado para soccorrer a Pablo e imponerle las manos, muestra de nuevo la sabiduría de los caminos divinos, tan distintos de los caminos del mundo: «Anda, ve; que ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a pueblos y reyes, y a los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que tiene que sufrir por mi nombre». Lleno del Espíritu Santo después de esos tres larguísimos días, Pablo verá caer de sus ojos «una especie de escamas» y a partir de ese momento se convertirá en un predicador incansable de la Verdad encarnada: la vida, la muerte y la resurrección de Cristo, con Su venida gloriosa y la recompensa eterna para quienes habrán perseverado en Su Nombre.

Pablo correspondió a la gracia recibida acogiendo el plan que Dios tenía para él, sin sustraerse a las fatigas, las dificultades y las persecuciones que sufrió, hasta su martirio en Roma como verdadero siervo de Cristo y de Su Iglesia. Como testigo del Resucitado, tras haber recordado que antes de a él se había aparecido a Pedro y a los otros apóstoles y «a más de quinientos hermanos juntos», esto escribía el Apóstol en la Primera Epístola a los Corintios: «Por último, como a un aborto, se me apareció también a mí. Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de ser llamado apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Pues bien: tanto yo como ellos predicamos así, y así lo creísteis vosotros».

La actual fiesta de San Pablo, introducida en el Calendario romano hacia finales del primer milenio, pero ya celebrada un par de siglos antes en algunas regiones de la cristiandad, cierra la Semana de oración por la unidad de los cristianos, y nos recuerda que el retorno a la única Iglesia de Cristo pasa a través de una auténtica conversión al Evangelio.

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