San Leónidas de Alejandría por Ermes Dovico

MIÉRCOLES DE CENIZA

Compunción: la pena que nos acerca a Dios

Existe una compunción mala y llena de amargura que conduce al Infierno, pero hay una buena que nos aparta de los vicios y nos abre las puertas del Cielo. Con ocasión del Miércoles de Ceniza ofrecemos a nuestros lectores un fragmento sobre el tema tomado del número actual de nuestra revista mensual de formación apologética “La Bussola mensile”.

Ecclesia 14_02_2024 Italiano English

El autor es un monje del monasterio de San Benedetto in Monte de Norcia, que permanece en el anonimato por deferencia a una antigua costumbre benedictina.

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“Al igual que existe un celo malo, lleno de amargura, que se aparta de Dios y conduce al infierno, también hay uno bueno, que se aparta del pecado y conduce a Dios y a la vida eterna” (Regla de san Benito, 72). Con estas palabras san Benito introduce el penúltimo capítulo de la Regla. En nuestro esfuerzo por comprender qué es la compunción, podríamos simplemente sustituir la palabra “celo” por “tristeza”: así como hay una tristeza mala y llena de amargura que se aparta de Dios y conduce al infierno -y la llamamos melancolía-, también hay una tristeza buena que se aparta de los vicios y conduce a Dios y a la vida eterna: la compunción. [...]

San Gregorio distingue dos tipos básicos de compunción: una por temor y otra por amor. La primera es una purificación del pecado y una protección contra él; la otra es una fuerza de deseo espiritual que nos atrae hacia el Cielo. Dos tipos y cuatro motivos: “Cuando recuerda sus propias faltas, considera dónde estaba (ubi fuit); cuando teme la sentencia del juicio de Dios y se interroga, piensa dónde estará (ubi erit); cuando examina seriamente los males de la vida presente, con tristeza considera dónde está (ubi est); cuando contempla los bienes de la patria eterna que aún no ha alcanzado, llorando se da cuenta de dónde no está (ubi non est)” (Moralia, XXIII, 41).

Las dos primeras surgen del temor de Dios, que es el don primero y fundamental del Espíritu Santo. Pero la compunción por temor madura y crece en nosotros sobre todo a través del don del conocimiento, porque nos permite vernos tal como somos, con los pecados que nos alejan de Dios, pero también creados a su imagen y semejanza, redimidos por la sangre de su Hijo y llamados en el amor a ser santos como Él. Viendo nuestra pecaminosidad e ingratitud hacia Dios, nos llenamos de odio hacia nosotros mismos y llegamos a odiar nuestros pecados; pero viendo el precio que el Hijo de Dios ha pagado por nuestra salvación, se nos da la esperanza de cambiar nuestras vidas y llegar a ser santos como Él es santo.

Así, el don del temor del Señor nos inspira a “tener siempre presente todo lo que Dios ha mandado” y lleva a nuestros pensamientos a “meditar constantemente sobre el fuego del infierno donde arderán por sus pecados todos aquellos que desprecian a Dios”; y así nos protege en todo momento “de los pecados y de los vicios”. Este santo temor nos da la certeza de que “Dios nos vigila siempre desde el Cielo y que nuestras acciones son visibles en todas partes a los ojos divinos y son constantemente señaladas a Dios por los ángeles”; nos hace sentir “en todo momento la culpa de nuestros pecados de tal manera que nos consideramos ya ante el terrible Juicio y decimos constantemente en nuestro corazón lo que decía el publicano del Evangelio con los ojos fijos en la tierra: Señor, soy un pecador y no soy digno de levantar los ojos al cielo” (Regla de San Benito, 7).

Las almas invadidas por esta doble compunción por temor sienten una profunda contrición por sus pecados y temen acabar con los condenados a la izquierda de Cristo. Hacen suyas las peticiones del Miserere, la insuperable oración de arrepentimiento y contrición; y piden misericordia como si estuvieran ya ante el Juicio Final, en sentimientos que se expresan perfectamente en el Dies Irae, esa poética obra maestra de la Misa de Réquiem. En estas oraciones, vemos por una parte un temor servil al castigo, y por otra un temor filial que se estremece ante la idea de ofender a Dios. El primero disminuye a medida que aumenta el segundo, ya que el temor filial es expresión de la caridad, de “ese perfecto amor de Dios que expulsa el temor servil” (RB 7; 1 Jn 4,18).

A medida que crece el temor filial, entramos en la tercera compunción: nuestro amor a Dios y nuestro deseo de estar con Él dan lugar a una disposición a sufrir en esta vida para merecer la bienaventuranza eterna en la otra. Una gran fuente de consuelo para quienes se encuentran en este estado es la hermosa oración de la Salve Regina, en la que nos dirigimos a la Virgen para que nos consuele en medio de las inevitables aflicciones de esta vida. Nuestros ojos vuelven de nuevo a este mundo desde su rostro materno. Y lo ven como lo que es: un lugar de exilio y tentación, de trabajo y sufrimiento, justa penitencia por el pecado original y por nuestros muchos pecados personales. Pero Dios, en su misericordia, nos permite ver estos sufrimientos como bienaventurados, porque con ellos “participamos de los sufrimientos de Cristo y merecemos tener también parte en su reino” (RB, Prólogo). Y así comprendemos la “ley” de los santos: “Cuanto más se siente afligida por la adversidad el alma del justo en este mundo, tanto más aguda se hace su sed de contemplar el rostro de su Creador” (Moralia, XVI, 32).

Habiendo llegado a ser tan queridos por Dios a través de nuestros trabajos, podemos instalarnos en la cuarta compunción, en la que ya no hay dolor sino sólo una alegría penetrante, porque sentimos a Dios cercano y disponible cada vez que rezamos. San Benito nos dice que esto también nos puede suceder a nosotros, porque “cuando hayáis hecho estas cosas, los ojos de nuestro Padre celestial estarán sobre vosotros y sus oídos estarán abiertos a vuestras oraciones; y antes de que le invoquéis, os dirá: aquí estoy” (RB, Prólogo).