• INVESTIGACIÓN INMORAL

Células fetales: La diferencia entre Trump y Biden. Y una tarea…

Antes de que Trump interviniera para frenar el uso de tejidos de bebés abortados se realizaban experimentos con “ratones humanizados”. Entonces llegó Biden y dio marcha atrás a las medidas de su predecesor, refinanciando la investigación basada en células fetales. Esta barbaridad se ha convertido en un sistema que afecta a muchas terapias, incluidas las vacunas, y no puede ignorarse éticamente hablando.

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“Un experimentado científico del laboratorio de investigación biomédica del Gobierno ha sido truncado en sus esfuerzos por llevar a cabo experimentos sobre posibles curas para el nuevo Coronavirus debido a las restricciones de la administración Trump sobre la investigación con tejido fetal humano”. Éste fue el ataque de un artículo de Amy Goldstein en el Washington Post del 18 de marzo de 2020. El inmunólogo Kim Hasenkrug, de los National Institutes of Health’s-Rocky Mountain Laboratories en Montana había pedido a sus superiores que suspendieran esta prohibición debido a la pandemia que acababa de estallar. Unos meses antes, varios investigadores habían descubierto el potencial de los “ratones humanizados”: ratones en los que se trasplantan células de fetos abortados voluntariamente que, en el caso de esta investigación, se convierten en pulmones. A continuación, estos ratones se infectan con el virus y se someten a tratamientos experimentales, incluidas las vacunas, que aún no estaban disponibles en ese momento.

Éste era el curso normal de la investigación médica, al menos antes de que Trump interviniera para poner fin a este tipo de barbaridades ocultas bajo una bata blanca. En 2019, la administración del ex presidente estadounidense puso fin a los experimentos realizados con tejidos de bebés abortados causando, como era de esperar, un revuelo en el mundo político y científico. En concreto, Trump congeló la financiación de las investigaciones internas de los Institutos Nacionales de Salud sobre el uso de tejidos fetales recién abortados. Al mismo tiempo, The Donald había sometido las solicitudes de financiación de organismos externos a un procedimiento de revisión por parte del Consejo Asesor de Ética, que, según los manifestantes, tenía demasiados antiabortistas en sus filas. Entonces llegó la pandemia “providencialmente”, la oportunidad perfecta para echar la culpa de las muertes y enfermedades al medieval Trump, responsable de frenar la investigación y poner en peligro la salud de millones de personas.

Entre 1994 y 2013 se evitaron trescientos veintidós millones de enfermedades gracias a las vacunas probadas en tejido fetal, se evitaron 732.000 muertes prematuras y se redujeron más de un billón de costes sociales, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (ver aquí): éstas son las cifras de los beneficios del uso de material biológico procedente de fetos abortados en investigación y farmacia. Ya sea presunto o real, no es difícil ver hacia dónde se inclina la balanza en relación con “sólo” unas docenas o un centenar de bebés despedazados, a los ojos de quienes ahora ven el inhumano principio mors tua, vita mea como sinónimo de realismo, progreso y salud.

Exactamente dos meses después de la controvertida elección de Joe Biden, el 7 de enero de 2021, decenas de asociaciones escribieron al recién elegido presidente (ver aquí) para que revocara la decisión del Departamento de Salud y Servicios Humanos, que prohibía la investigación con tejido fetal humano. Ya el 16 de abril, la dirección de los Institutos Nacionales de Salud (ver aquí y aquí) anunció el levantamiento de las restricciones en 2019. La decisión contó con la fuerte oposición del movimiento provida, que había cobrado fuerza durante la administración Trump, pero fue aplaudida por muchos institutos de investigación, como la Sociedad Internacional para la Investigación con Células Madre (ISSCR), la mayor organización mundial de investigación con células madre, que en un comunicado puso de manifiesto la omnipresencia actual de esta investigación, que encuentra su causa essendi en el aborto (ver aquí): “El tejido fetal es una herramienta de investigación crucial que ha contribuido a numerosos avances científicos y ha salvado millones de vidas. Fue fundamental para el desarrollo de vacunas contra la polio, la rubeola, el sarampión, la varicela y la rabia. Sigue siendo esencial para crear modelos del sistema inmunitario humano para estudiar las infecciones virales con el VIH, el Zika, el Coronavirus y otros virus. El tejido fetal es importante para el avance de la investigación con células madre y la medicina regenerativa por su uso como material de referencia para la validación de modelos de desarrollo y órganos humanos basados en células madre”.

El problema de los tejidos procedentes de bebés abortados es, por tanto, una realidad que se ha convertido en un sistema, además de un increíble entramado empresarial. El presente y el futuro parecen marcados: las vacunas y las nuevas terapias están marcadas ab origine por el aborto y el desmembramiento del feto, sin olvidar el oprobio de los ratones humanizados y las quimeras. Tal vez sería una buena idea, desde un punto de vista ético, reconsiderar la categoría de cooperación a distancia, que parece cada vez menos apropiada en este contexto: nos guste o no, formamos parte de un sistema que vive de la oferta y la demanda. Y nosotros somos los consumidores, la última rueda del carro receptor, por supuesto, pero aun así es esencial para que el “mercado” se mantenga en pie.

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