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Becciu, Zen y la crisis de fe en los pastores

La imagen de la Iglesia que se perfila en estos días, tras el despido del cardenal Becciu, es todo menos edificante. Pero más que la corrupción, lo que causa más escándalo es la incapacidad de nuestros pastores para juzgar todo esto a la luz de la fe. No necesitamos papas y obispos que sean buenos políticos y economistas, sino de pastores santos.

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En estos días hemos leído en todos los periódicos numerosos artículos dedicados al caso Becciu, el poderoso cardenal de la curia obligado por el Papa Francisco a dimitir el pasado jueves como prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos y a perder los derechos del cardenalato. Hemos leído extensos informes dedicados a los crímenes, reales o presuntos, del cardenal que ha caído repentinamente en desgracia. Hemos reflexionado sobre los análisis y los infinitos antecedentes - a menudo en contraste entre sí - sobre la gestión de las finanzas del Vaticano; hemos escuchado las quejas de quienes se sienten traicionados por las reformas fallidas del Papa Francisco y el júbilo de quienes ven en el “enemigo” humillado un signo alentador de una limpieza que ha comenzado.

Digamos que en el conjunto surge una imagen muy poco edificante de lo que está sucediendo en la Curia Vaticana, pero también de esos vaticanistas que ahora actúan como brazo armado de tal o cual banda, difundiendo noticias y dossier a comando. Una situación que obviamente deja consternados a muchos católicos.

Pero en una mirada más cercana, lo que más escandaliza -en el sentido literal del término- no es tanto la situación de corrupción o despilfarro que reina en el Vaticano, sino la incapacidad de leer todo esto a la luz de la fe.

Intento explicarme: había problemas de corrupción en la comunidad cristiana incluso en la época de Jesús. Lo prueba el Evangelio de Juan (capítulo 12) cuando Judas Iscariote - el discípulo “que luego debía traicionarlo” - se queja del “ungüento perfumado de nardo verdadero” que María “desperdicia” lavando los pies de Jesús. “Podríamos conseguir trescientos dineros para dárselos a los pobres”, dice Judas, precursor de la teología de la liberación. Jesús responde de la misma manera poniendo en orden la jerarquía entre él y los pobres; pero para nuestro discurso es interesante la notación de Juan, quien sin rodeos afirma que a Judas realmente no le importaban los pobres, pero lo dijo “sino porque era ladrón, y tenía la bolsa, y traía lo que se echaba en ella”.

Es imposible creer que Jesús no supiera quién era Judas y cómo actuaba (o deseaba actuar) con el fondo común, pero no perdió el tiempo cambiando de secretario de Economía o montando una comisión para estudiar una reforma que evitara robos. Jesús también en este caso propone un juicio que proviene del reconocimiento de que Él es el significado último de la existencia de cada uno de nosotros: “Déjala en paz ... porque a los pobres siempre los tenéis con vosotros, más a mí no siempre me tenéis”. Si se vive constantemente en la presencia de Cristo, el aspecto moral también se arregla.

Por lo tanto, lo que más duele es ver a nuestros pastores, la jerarquía de la Iglesia, los que deberían predicar con el ejemplo, metiéndose en discusiones infinitas y polémicas infinitas sobre el ungüento de nardo sin ni siquiera mirar a Cristo. Es una confirmación de lo que Benedicto XVI ha dicho tantas veces sobre la crisis moral, que en su raíz es sobre todo una crisis de fe. Este es el punto en el que también insistió el cardenal Robert Sarah en sus últimos libros, dirigiéndose directamente a los sacerdotes.

El problema del que nace todo es precisamente la falta de fe, que lleva al intento de resolver los problemas según lógicas puramente humanas. Permítanme ser claro: las reformas son necesarias, un Papa también debe saber gobernar la Curia, las instituciones deben saber adaptarse a las necesidades de la realidad. Pero hay una gran diferencia entre saber utilizar herramientas, tener claro que el fin es la construcción del Reino de Dios, y transformar las herramientas en fines.

 

Es interesante que el cardenal George Pell dijera en los últimos días que el Papa Francisco “fue elegido para limpiar las finanzas del Vaticano”. Esperamos que no haya querido decir esto en un sentido absoluto, pero hoy está claro que muchos cardenales, si no todos, han votado y utilizado al Papa Francisco por razones muy terrenales: algunos para limpiar las finanzas, otros para reformar la Curia romana, otros para promover una agenda progresista.

El resultado, después de los primeros años en los que parecía que había satisfacción para todos, es el actual todos contra todos, además, solo dentro de la Corte que el propio Papa Francisco ha elegido. Inevitable cuando Cristo permanece como mucho como un recordatorio moral en un segundo plano.

Así en la Iglesia prevalece la lógica política, la Iglesia misma se reduce a un partido en el que las distintas corrientes se pelean entre sí sin exclusión de golpes. Un claro ejemplo lo tuvimos también en estos días, con un Papa que está plenamente comprometido con la resolución de los acontecimientos económicos a su manera (volviéndole la cabeza al cardenal Becciu) pero que no ha encontrado tiempo para escuchar al cardenal chino Joseph Zen sobre temas decisivos para la fe católica (no solo de los chinos).

Pero, ¿puede elegirse un Papa para limpiar las finanzas o para cualquier otro objetivo que no sea el aumento de la fe del pueblo cristiano? Lo que necesitamos son santos pastores que piensen ante todo en su propia fe y en el rebaño que les ha sido confiado, que se preocupen sobre todo por la salvación de las almas. El resto viene en consecuencia. Hay necesidad de pastores que tengan la mirada fija en Cristo y nos ayuden a todos a mirar hacia arriba.

PD: No en vano “Levantamos la mirada” es el tema de la Jornada de la Brújula que tendrá lugar el próximo sábado 3 de octubre. Las inscripciones para participar presencialmente están cerradas, pero todos pueden seguir la jornada en streaming desde nuestra web (aquí el programa).

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