• EL CASO

Atacar a Juan Pablo II, el verdadero objetivo del Informe McCarrick

Desde el National Catholic Reporter al New York Times: ya ha comenzado la campaña para desacreditar a san Juan Pablo II y cuestionar su santidad. En realidad, el error del nombramiento de McCarrick como arzobispo de Washington, en ausencia de pruebas que corroborasen los rumores, fue provocado por la opinión de dos asesores de confianza, según el mismo informe. Pero esta circunstancia ha sido extrañamente ignorada en el resumen del Informe McCarrick. Así, el informe del Vaticano facilita la operación cultural contra san Juan Pablo II.

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El National Catholic Reporter empezó el 13 de noviembre: “Obispos americanos, por favor, acabad con el culto a san Juan Pablo II”. El New York Times se hizo eco de él al día siguiente con un artículo-investigación con el resultado obvio: Juan Pablo II fue proclamado santo con demasiada prisa, mejor volver a los viejos tiempos cuando se necesitaban cincuenta años para iniciar un proceso de canonización. La misma conclusión a la que llegó el vaticanista de Reuters Philip Pullella. Y luego hay muchos otros blogs, líderes de opinión, debates sociales. Ha comenzado por tanto el ataque directo a san Juan Pablo II: después de desmantelar todo el magisterio pieza por pieza, ahora pasamos a la damnatio memoriae.

La razón inmediata es que el Informe McCarrick habría establecido la responsabilidad directa de Juan Pablo II en la “promoción” del ex cardenal y depredador sexual Theodore McCarrick a arzobispo de Washington en 2000 y su elevación a cardenal al año siguiente. Así que, dice el editorial de National Catholic Reporter, hay que reconocer que “el santo proclamado por el Papa Francisco en 2014 puso voluntariamente en riesgo a niños y jóvenes en la archidiócesis de Washington y en todo el mundo”.

En realidad las cosas son muy diferentes: ciertamente en el caso de McCarrick, Juan Pablo II cometió un error; pero con igual certeza se desprende del Informe que fue engañado por el propio McCarrick (que había dirigido una carta al secretario del Papa Wojtyla proclamándose inocente); y engañado por asesores en los que confiaba, así como por su propia experiencia pasada en Polonia cuando el régimen montaba falsas acusaciones de abuso sexual contra los obispos de los que quería deshacerse.

Además, “si se lee el Informe de manera honesta e inteligente, queda claro que la figura de Juan Pablo II está limpia”, dijo el postulador de su causa de canonización, Slawomir Oder. El Papa Wojtyla profundizó en el caso pero no se encontró ninguna evidencia de los abusos, dice Oder, quien recuerda cómo el “informe del Vaticano muestra claramente que no se hicieron acusaciones creíbles hasta el 2017”.

Sin embargo, desde la publicación del Informe, el 10 de noviembre, todos los medios de comunicación se han centrado en las responsabilidades de san Juan Pablo II en el nombramiento de McCarrick como arzobispo de Washington. Tanto es así que el mismo día, George Weigel, biógrafo de Juan Pablo II, escribió que “no es fácil de entender que un informe de 449 páginas que entra en los más pequeños (y dolorosos) detalles de la depredación sexual de McCarrick, sus innumerables evasivas, su autopromoción y las graves traiciones a la confianza que otros han depositado en él, pueda haberse transformado en una historia sobre uno de los hombres engañados por McCarrick”.

La razón tal vez radica en el hecho de que esa era la intención del Informe o, al menos, el resultado esperado. No hay duda de que uno de los objetivos del Informe era eliminar cualquier responsabilidad del Papa Francisco en este asunto después de que el arzobispo Carlo Maria Viganò en un largo memorial en agosto de 2018 lo pusiera muy en duda por la cobertura que había dado a McCarrick en los últimos años. El ex cardenal también se había jactado públicamente en octubre de 2013 de que había trabajado para la elección de Bergoglio al papado.

Es curioso, sin embargo, que se afirme que Juan Pablo II tenía toda la información a su disposición (lo que obviamente no era posible) y al mismo tiempo se glorificaba tranquilamente en el hecho de que los obispos más cercanos a McCarrick o que fueron promocionados por él en la carrera eclesiástica dicen que nunca supieron o sospecharon nada. Y estos son obispos que se han convertido en cardenales, como Wuerl y Farrell, este último con un gran aumento de poder últimamente a pesar de vivir durante seis años en el mismo edificio que McCarrick.

Además, señala el periodista Peter Anderson, hay una algo extraño e inquietante en el resumen del informe proporcionado por la Secretaría de Estado y que, en cualquier caso, es lo único que la mayoría de los periodistas habrán leído. Precisamente en lo que respecta a los pasajes que llevaron al nombramiento de McCarrick como arzobispo de Washington, se ignoran totalmente dos episodios clave que ayudan a comprender mejor el motivo de la decisión de Juan Pablo II, quien justo el año anterior había seguido en cambio el consejo del Cardenal O’Connor y evitó nombrar a McCarrick como su sucesor en Nueva York.

El primer episodio se refiere a la posición a favor de McCarrick adoptada por el entonces arzobispo Agostino Cacciavillan, a quien el Papa Wojtyla había querido involucrar tanto por la estima y confianza que le tenía como por haber sido nuncio en los Estados Unidos durante ocho años y, por tanto, muy consciente de la situación. Según el informe, Cacciavillan, el asesor clave de Wojtyla en el asunto McCarrick, desestimó las acusaciones y recomendó el nombramiento de McCarrick (él también fue creado cardenal en 2001).

El segundo episodio se refiere al entonces arzobispo Giovanni Battista Re, quien se convirtió en Prefecto de la Congregación de Obispos antes de la decisión final sobre McCarrick, y que se reunió con el Papa para discutir el asunto. Para Juan Pablo II fue decisivo que incluso el cardenal Re creyese en la declaración de inocencia de McCarrick.

Y bien, se pregunta Anderson, ¿por qué no se menciona ninguna de estas dos circunstancias en el resumen introductorio?

Parece totalmente razonable que, aunque era consciente de los rumores sobre McCarrick, el Papa decidiera basándose en la opinión de personas en las que confiaba y que consideraba competentes en la materia, dado que no tenía ninguna prueba fundamentada. Sin embargo, ni el nombre de Cacciavillan ni el del cardenal Re se mencionan en relación con la decisión de Washington: así que el camino está preparado para aquellos que quieren manchar la memoria de san Juan Pablo II. Mientras tanto, el sistema de corrupción y las “redes de lealtad”, como las llama el periodista Rod Dreher, están a salvo y pueden seguir nombrando obispos y cardenales con marcadas tendencias homosexuales o en cualquier caso decididos a cambiar la doctrina de la Iglesia sobre la homosexualidad.

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