• EMERGENCIA CORONAVIRUS

Un virus entre la novela y la realidad: situación ideal para suspender las libertades

Una pandemia es la excusa ideal para suspender la democracia y las libertades, a menudo invocadas por los propios pueblos. Las novelas catastróficas y distópicas nos enseñan esto. Y las emergencias planetarias son ideales para aquellos que aspiran a un gobierno mundial de “técnicos”. De hecho, todo empieza en China, que es un régimen totalitario.

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La catástrofe y la llamada novela distópica son parientes cercanos y el post-apocalipsis es el escenario perfecto para los novelistas futuristas. El causado por un virus mortal es ahora un género literario por derecho propio. Es inútil recordar aquí los títulos clásicos, porque ya los periódicos han hecho de las suyas estos días. Un subgénero de la literatura epidémica está representado por los zombies.

Sí, porque un virus que simplemente extermina no ofrece muchas posibilidades para una trama (aunque hay quien sí ha hecho dinero con esto): al menos una persona tiene que sobrevivir, de lo contrario no hay mucho que contar. Después de todo, incluso en la película Soy leyenda, donde sólo hay un hombre no contagiado, hay zombies. Lo inalcanzable ya fue “inventado” nada menos que en 1901 por Matthew Phipps Shiel con The purple cloud, donde el protagonista deambula sólo por el mundo entre los cadáveres provocados por una misteriosa nube que sólo le ha dejado con vida a él porque estaba en el Polo Norte. Después de tres cuartos del libro se encuentra con otra superviviente, una mujer desnuda. Y en este punto pensarán en una continuación del tipo El lago azul. Pero no, es un caballero victoriano que le proporciona vestimenta y, después de algunas vicisitudes, la abandona a su suerte para seguir vagando solo.

¿Por qué? No lo sé. Tal vez este extracto biográfico de Wikipedia ayude a enmarcar al autor: “Para su decimoquinto cumpleaños fue coronado, por un predicador wesleyano y a petición expresa de su padre, soberano de la pequeña isla desierta de Redonda, en el Caribe, con el nombre de Rey Felipe I”. Sin embargo, extraño pero cierto, es una novela cristiana, aunque sólo se pueda entender en la última línea, lo juro.

Hay que decir que las emergencias planetarias son lo más de lo más para los que aspiran a un gobierno mundial de “técnicos”. Y aquí, empezando por Platón, se extermina la literatura.

He dedicado un libro entero al tema, tal vez algunos de los lectores lo tengan en su biblioteca: Los monstruos de la razón (Ares). Sólo mencionaré el hecho de que hasta el siglo XVII los ensayos y novelas “utópicas” eran una broma: el inventor del afortunado término “utopía” fue un santo canonizado y martirizado, Tomás Moro, que, cuando era Canciller no dudó en mandar ejecutar a algunos anabaptistas. Estos, a diferencia de él, no bromeaban en absoluto, tal y como se pudo comprobar en su efímero pero sangriento reinado de Münster. Pero todavía se trataba de utopías con un trasfondo religioso.

Los jacobinos dieron el siguiente y último paso. Padres de los nacionalismos del siglo siguiente y de los totalitarismos del sucesivo, tuvieron que envolverse en nubes de eslóganes porque no tenían ninguna “emergencia” a mano, aparte de la maltratada “patria en peligro”. Si hubieran tenido un Coronavirus, lo habrían hecho antes y sin quejas por parte del público.

Y llegamos al día de hoy. Todo comienza en China, que no es por casualidad un totalitarismo comunista. Tomen nota de ello. La gripe normal, la que obliga a casi todo el mundo a estar en la cama cada invierno, siempre viene de ahí. ¿Recuerdan la “asiática” de principios de los 50? Pues bien, si el Amazonas es “patrimonio de la humanidad” y hay quienes piensan en someterlo a la protección de la ONU, el mercado de Wuhan debería ser “de todos” y por lo tanto estar sujeto a la profilaxis internacional. Pero no lo es.

Como es bien sabido, hay quienes admiran la mezcla china de capital-comunismo y quisieran copiarla a escala mundial. Pues bien, una pandemia es ideal para suspender la democracia y la libertad, sobre todo porque serán los propios pueblos los que invoquen el advenimiento de un Gran Hermano a nivel mundial. Primero la piel. Tomemos nota, por ejemplo, del control facial computarizado.

Todos nos exaltamos cuando se atenta mínimamente contra nuestra privacidad, pero bastará que la Justicia abra un poco la manga, que haya un poco de buenismo por parte de los magistrados, políticos y clérigos, y en poco tiempo todos saludaremos con alegría ante las cámaras de vigilancia incluso de los baños públicos. Ya en 1848 el diputado y escritor Juan Donoso Cortés, el auténtico ghost writer del Syllabo, advirtió: “El mundo camina muy rápido hacia el despotismo más total jamás visto”. Lo que no podía imaginar es que también sería invocado por los sacerdotes (vista su creciente simpatía por los objetivos de la ONU).

 

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