• ANIVERSARIO

Piazzolla, el artista del tango que compuso el Ave María

El 11 de marzo de 1921 nació el músico más grande de Argentina en la segunda mitad del siglo pasado: Astor Piazzolla, creador del nuevo tango. Bautizado, pero católico sólo por tradición, volvió posteriormente a la fe hasta el punto de ser un gran devoto de la Virgen María, para la que compuso una música espléndida.

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Hace cien años, el 11 de marzo de 1921, nació el músico más grande de Argentina en la segunda mitad del siglo pasado: Astor Piazzolla.

Nació en Mar del Plata, de padres italianos (su padre de Trani, en Apulia, y su madre de Garfagnana, en Toscana) y murió el 4 de julio de 1992 en Buenos Aires. Se hizo famoso como uno de los intérpretes más grandes del tango, o más bien como creador del nuevo tango, pero en realidad fue un compositor atento a todo tipo de música, dejando unas 600 obras de diversa índole de gran expresividad, entre ellas la ópera María de Buenos Aires (1967), el oratorio El pueblo joven (1973), el Concierto para bandoneón y orquesta (1979) y la banda sonora de la película Enrico IV de M. Bellocchio (1984).

El nuevo tango, en el que nuestro compositor argentino inserta armonías imprevistas, disonancias, improvisación, contrapunto, resultaba inaceptable para los músicos tradicionales y para una parte del público. Durante una entrevista en 1954, Piazzolla declara: “Sí, es cierto, soy un enemigo del tango, pero del tango tal y como lo conciben ellos. [...] Si todo ha cambiado, la música de Buenos Aires debe cambiar también. Somos muchos los que queremos cambiar el tango, pero estos señores que me atacan no lo entienden ni lo entenderán nunca. Sigo adelante sin tenerles en cuenta” (D. Piazzolla, Astor, Emecé Editores, Buenos Aires 1987, p. 159).

El popular baile en pareja, de ritmo binario y movimiento moderado que a menudo acelera al final y que llegó a Europa desde los suburbios de Buenos Aires, obtuvo gracias a Piazzolla su propia dignidad artística. El Papa san Pío X (1835-1914) también se ocupó de ello. El Pontífice, “azote de los modernistas”, revocó las interdicciones solicitadas por las autoridades eclesiásticas de la “ciudad de la Ilustración”, que consideraban “la danza de importación extranjera, conocida con el nombre de tango”, según la condena del cardenal Léon Adolph Amette, arzobispo de París, “por su naturaleza, lasciva y ofensiva para la moral” (en Le Mercure Musical, 1 de febrero de 1914, p. 47). Se dice que en enero de 1914, tras presenciar en El Vaticano una interpretación reservada de “tango romano (ampliamente castigado, comparado con el argentino)”, comentó: “Es tiempo de fiesta y comprendo cómo y cuánto les gusta bailar a los jóvenes. Pero, ¿por qué adoptar esas ridículas contorsiones bárbaras de los negros y los indios? ¿Por qué no preferir la hermosa danza de Venecia, elegante, grácil y latina, la furlana?” (Civitas Christiana nn. 10-13, agosto 1997-marzo 1998, Verona, p. 89).

La anécdota –no sabemos hasta qué punto fundada- desencadenó la ironía de Trilussa (1871-1950), er poeta de Roma –del que hemos hablado aquí- que el 1 de febrero de 1914 escribió en el pícaro soneto Tango e Furlana: “El Papa no quiere el Tango porque, a menudo / el caballero empuja y se aprieta / sobre la barriga de la bailarina / que, arriba y abajo, hace lo mismo. // Sin embargo la Furlana es más bonita: / la mujer baila, el hombre va tras ella / y el único contacto que está permitido / es el que se realiza por la espalda. // Pero un baile que es del pasado siglo / con el vestido estrecho mal se realiza: / y el Papa, ¿ha pensado acaso en esto?; // ¿cómo pretendes que se muevan? No queda otra / que la Curia permita, de manera excepcional, / que las mujeres se suban el vestido” (Trilussa, Tutte le poesie, Mondadori, 1954, p. 390).

Pero volvamos al tema que nos ocupa tras esta pequeña digresión: Astor Piazzolla, bautizado y criado en la fe, en 1968 se definía como “católico, pero no demasiado”. En 1976 conoció a la cantante y presentadora de televisión Laura Escalada y se casó con ella en segundas nupcias en 1988. En ese momento nuestro músico se convirtió en un católico más ferviente. En 1980 declaró: “Soy católico. Creo en Dios y le rezo en inglés. También me gusta ir a la iglesia. Es como una desintoxicación. Es como tomar un baño de paz” (M. S. Azzi & S. Collier, Le grand tango: the life and music of Astor Piazzolla, Oxford University Press 2000, pp. 139-140).

En la última parte de su vida, Astor es visto como “un hombre de fe conmovedora”, muy piadoso, que realizaba una peregrinación anual al Santuario Nacional de Luján, dedicado a la Madre de Dios, donde la bendita imagen de María –querida por los Papas Urbano VIII, Clemente XI, León XIII, Pío XI, Pío XII y Juan Pablo II- acoge maternalmente desde 1630 a todos los que se acercan a implorar su protección. La llamada “medalla milagrosa”, acuñada tras las apariciones –en 1830 en la calle del Bac, en París- de Nuestra Señora a Santa Catalina Labouré (1806-1876), tuvo a nuestro músico entre sus devotos. A menudo regalaba a sus amigos medallas, estampas de la Virgen y botellas de agua bendita recogidas durante sus viajes por Europa (cf. M. S. Azzi & S. Collier, ibidem).

Su Ave María podría considerarse una pieza que expresa la profunda religiosidad del compositor argentino. Fue escrita para oboe y piano en 1984 bajo el título Tanti anni prima para la película Enrico IV, de la comedia homónima de Luigi Pirandello, de Marco Bellocchio, en la que era el tema de Matilde, interpretada por Claudia Cardinale, que trabajó en ella con Marcello Mastroianni. Poco antes de su muerte, con la recomendación de interpretarlo en el momento oportuno, Piazzolla regaló este Ave María a la cantante Milva, su amiga desde 1981, que lo interpretó ante un público mundial durante el Gran Jubileo de 2000.

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