No importa si es nazi o blasfema, lo importante es que no sea sexista
Una acusación de violación ha bastado para arruinar la candidatura de Graham Platner, la nueva estrella del Partido Demócrata, de quien nadie se había preocupado a pesar de sus tatuajes nazis, sus blasfemias en las redes sociales y sus discursos violentos.
El escándalo político estadounidense de la semana es la retirada de Graham Platner, ya ex candidato demócrata al Senado por el estado de Maine. Era una de las caras emergentes del nuevo socialismo estadounidense, en la extrema izquierda del partido, respaldado por Bernie Sanders, decano del socialismo democrático y varias veces candidato a las primarias presidenciales. Su campaña se ha esfumado en apenas tres días, tan pronto como su expareja, Jenny Racicot, ha declarado en la revista Politico —y posteriormente también en la CNN— que Platner la había violado una noche de 2021, cuando él se presentó borracho en su casa, sin haber sido invitado.
Si una acusación que se refiere a hechos ocurridos hace cinco años (por muy detallada que sea) conlleva la renuncia a una candidatura sin siquiera esperar a la sentencia en primera instancia, conviene reflexionar sobre lo poderoso que sigue siendo el “justicialismo” feminista estadounidense, incluso diez años después de la oleada de denuncias del movimiento #MeToo. Objetivamente, Platner no está del todo equivocado cuando, en su mensaje de despedida, acusa a los medios de comunicación y al establishment político de haber actuado como “jueces, jurado y verdugo”, al tiempo que sigue negando con vehemencia todas las acusaciones.
Da aún más que pensar que la candidatura de Platner nunca se haya cuestionado, ni siquiera después de que saliera a la luz que se había hecho un tatuaje de la calavera de las SS (Totenkopf) mientras prestaba servicio militar en el Cuerpo de Marines. Un tatuaje que se apresuró a tapar 18 años después, cuando ya se rumoreaba su candidatura y, aunque Platner afirma que no conocía su significado, sus propias publicaciones antiguas en las redes sociales y sus ex parejas afirman que sí lo sabía perfectamente. Platner es uno de los principales detractores de Israel, de la alianza estadounidense con el Estado judío y de la AIPAC, el lobby proisraelí en EE. UU.: la sospecha de que lo suyo no es simplemente una “crítica al Gobierno israelí” está más que fundada.
“Al crecer, uno se vuelve conservador”, se justificó Platner en un foro de debate en la red social Reddit, “pero al hacerme mayor me he vuelto comunista”. Una afirmación de hace cinco años, que luego negó o minimizó, pero que es coherente con todo lo que decía en los debates de entonces, cuando no ocultaba que apoyaba la lucha de clases armada, que llevaba pistola porque “no me hago ilusiones sobre las intenciones de los fascistas”. Llamaba “bastardos” a los policías y apoyaba a Black Lives Matter. Pero todo iba bien, porque, incluso al sacar a la luz este pasado, la prensa de izquierdas lo describía como un candidato “auténtico”, no uno creado de la nada. En esos mismos debates, Platner blasfemaba gravemente contra Jesús y la Virgen. Pero, evidentemente, a los demócratas les importa poco o nada ofender a los cristianos.
Lo increíble es que estas ideas, estos desahogos y estos insultos no hayan comprometido en absoluto la carrera de Graham Platner, que ganó las primarias demócratas con una mayoría casi aplastante. Ha hecho falta un escándalo sexual para detenerlo. Pero también en este caso hay escándalos sexuales de primera y de segunda categoría, porque ya se habían producido otros escándalos de segunda categoría que habían pasado desapercibidos.
El verano pasado, Katie Glueck y Lisa Lerer, del periódico New York Times, publicaron un artículo que recopilaba los testimonios de varias mujeres que acusaban a Platner de conductas abusivas. Entre las acusaciones más graves, la de Lyndsey Fifield, quien contó que el candidato demócrata la había sacado a la fuerza de un taxi y la había encerrado en un dormitorio. Sin embargo, en el artículo, las periodistas del NYT parecían poner en duda las afirmaciones de Fifield, declarando que “no podían corroborar de forma independiente” lo que ella había relatado.
Fifield era una activista republicana, y quizá haya sido éste el único motivo de la desconfianza mediática. Jodi Kantor, que contribuyó a impulsar el movimiento #MeToo con su investigación sobre el magnate de los medios Harvey Weinstein en 2017, calificó las declaraciones de Fifield de “mensajes de texto muy sensacionalistas sobre sexo”, y subrayó que formaban parte de una “relación consentida”.
Racicot, la víctima que esta semana ha dado un paso al frente con Politico, es, por el contrario, una demócrata convencida, de tendencia socialista. “Una de las razones por las que no he dado un paso al frente antes ha sido el enorme conflicto moral que sentía entre apoyar sus ideas políticas y no apoyarlo a él como persona”, ha afirmado en su entrevista. Además, cuenta con el apoyo de Cheyenne Hunt, una influyente abogada demócrata e influencer, capaz de movilizar fácilmente a los cientos de miles de usuarios que la siguen a diario. Y así, de repente, el “candidato auténtico” se convierte en un violador.
De todo esto se deduce, por tanto, que el contenido del pensamiento político de un candidato cuenta poco o nada. Las blasfemias no cuentan para nada. El antisemitismo (auténtico, de origen nazi) ya está aceptado en la izquierda. Las ideologías extremas no causan escándalo, ni siquiera si las defiende un candidato al Senado nacional. En una sociedad muy centrada en las redes sociales y profundamente conformista, en la izquierda lo que causa escándalo es sobre todo aquello que va en contra de la lucha contra el patriarcado. En ese caso, basta con una acusación y estás acabado (pero solo si viene de la mujer adecuada en el momento adecuado).
