• DESPERTANDO CONCIENCIAS

“¡No a las vacunas de fetos abortados!”: Un llamamiento heroico a los cristianos

Es el llamamiento de muchas mujeres y activistas provida, mujeres que instan a los cristianos de todo el mundo y a los hombres de buena conciencia a resistirse a las vacunas contaminadas por el aborto. La doctora Wanda Półtawska, amiga y confidente de Juan Pablo II, y salvada por un milagro del Padre Pío, es la primera firmante.

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Centenaria el próximo 2 de noviembre, la doctora Wanda Półtawska, amiga y confidente de Juan Pablo II, curada milagrosamente por el Padre Pío a petición del entonces joven sacerdote de Cracovia, internada en el campo de concentración de Ravensbrück, donde fue conejillo de indias para experimentos médicos de mutilación quirúrgica de miembros, es la primera firmante de una petición realizada por cien mujeres y activistas provida; mujeres que instan a los cristianos de todo el mundo y a los hombres de buena conciencia a resistirse a las vacunas contaminadas por el aborto.

The Voice of Women in Defense of Unborn Babies and in Opposition to Abortion-tainted Vaccines (“La voz de las mujeres en defensa de los bebés no nacidos y en oposición a las vacunas contaminadas por el aborto”) es el título del extraordinario llamamiento a despertar las conciencias adormecidas en estos largos meses de pandemia y de propaganda unilateral de las vacunas.  Wanda Półtawska, que fue profesora en el Pontificio Instituto Juan Pablo II, en la Universidad Lateranense y luego miembro del Pontificio Instituto para la Familia y de la Pontificia Academia para la Vida, no está dispuesta a aceptar en silencio esta nueva forma de colaboración con la cultura de la muerte: “No seremos cómplices de la actual masacre de los Santos Inocentes y por eso nos negamos a aceptar cualquier vacuna que haga uso de células derivadas de fetos humanos abortados”. Junto a ella, otro nombre muy conocido, el de Abby Johnson, ex directora clínica de una clínica de Planned Parenthood, que dimitió en 2009 y ahora es una destacada activista provida.

Entre 40 y 50 millones de abortos al año, 2.500 millones desde que se legalizó el aborto y se convirtió en una práctica sanitaria habitual: “¿Cómo no vamos a tener presente este hecho mientras reflexionamos minuciosamente sobre la moralidad de las vacunas fabricadas con células derivadas de fetos humanos abortados? [...] La forma de matarlos supera toda imaginación”: desmembrados en el vientre de sus madres, sus cráneos aplastados o envenenados con una solución salina. Y luego sus partes del cuerpo se dejan reposar en una habitación de hospital “sin nadie que se queje o llore” por ellos. Esta es la versión del siglo XX de aquellos niños donados vivos por los israelitas para ser quemados en la Gehena en honor a la divinidad Moloch.

Pero para los niños “seleccionados” para ser proveedores de textiles, el destino es –parece imposible pensarlo- aún más trágico. Citando las aportaciones fundamentales de Debra Vinnedge (ver aquí y aquí), fundadora de Children of God for Life, que alertó por primera vez a la Academia Pontificia para la Vida en 2005 sobre el problema de las líneas celulares de fetos abortados en las vacunas, la petición recuerda que los abortistas han admitido que el procedimiento de estos abortos se modifica para conservar intactas y utilizables partes del cuerpo del niño que interesan a los investigadores. Los sacrificios del Valle de Hinnom adquieren el aspecto de los practicados por los aztecas, que extraían el corazón palpitante del pecho de las víctimas para ofrecerlo a la “divinidad”: el niño, extraído vivo del vientre de la madre, “sufre un dolor insoportable cuando el abortista le extrae rápidamente, sin anestesia, el riñón, para que este órgano sea enviado fresco, de un día para otro, al investigador cómplice”.

A quienes objetan que el macabro suceso pertenece a un pasado remoto y que el uso de vacunas fabricadas con esta técnica es sólo una cooperación remota, los firmantes del llamamiento oponen que “la maldad del uso de líneas celulares de fetos abortados no sólo incluye el asesinato original, sino también la continua comercialización del cuerpo del niño, así como la negativa a enterrar sus restos profanados”. Tampoco hay que pensar que este modo de investigación se ha limitado al pasado y se ha abandonado finalmente. Basta con pensar en la línea celular más reciente (Walvax-2), que sólo tiene 6 años, derivada del pulmón de un bebé de tres meses (ver aquí). Esta línea celular también está destinada a la producción de vacunas.

La explotación de los bebés asesinados en el vientre de sus madres no se detiene en absoluto en “sólo” las vacunas. Gracias a la atenta vigilancia de Stacy Trasancos, química investigadora de DuPont y jefa de investigación de Children of God for Life, sabemos que el uso de los cuerpos de bebés abortados en la producción de vacunas es sólo un comienzo (ver aquí). Otras líneas de investigación están ahora en marcha, sin que nadie se oponga lo más mínimo (ver aquí): “ratones humanizados” con piel humana (pero también timo –un órgano del sistema inmunitario-, bazo e hígado) extraída de bebés entre la semana 18 y 20 de gestación, para estudiar el comportamiento del sistema inmunitario cuando la piel se encuentra infectada por patógenos (estudio publicado el 2 de septiembre de 2020). O otro estudio (22 de julio de 2020) sobre los efectos nocivos de los polibromodifenil éteres (PBDE), para el que se reclutaron 249 mujeres para un aborto en el segundo o tercer trimestre, que consintieron la “donación” de su sangre, placenta e hígado del bebé abortado. O incluso la investigación (17 de julio de 2020) sobre el desarrollo de la inmunidad en los recién nacidos, que requirió 15 fetos abortados en el segundo trimestre.

Cuando, en los años 70, Merck puso en el mercado la vacuna contra la rubeola -para cuya realización fueron necesarios cien abortos-, la estrategia propuesta por los pastores de la Iglesia para expresar su disconformidad, al tiempo que hacían uso de estas vacunas, no tuvo éxito: esa vacuna se sigue utilizando hoy en día. “La condescendencia general de las vacunas contaminadas por el aborto, especialmente por parte de los cristianos, no ha hecho más que contribuir a la cultura de la muerte” que ahora considera normal utilizar fetos abortados para la investigación. “Es hora de que el clero y los laicos se enfrenten con valentía a este horror y defiendan el derecho a la vida de los más vulnerables con la ‘máxima determinación’. Este vástago maligno del aborto debe terminar”.

La línea adoptada por los obispos y el Vaticano, que ha llegado a recomendar la vacunación como un acto de caridad hacia el prójimo, está “basada en una evaluación incompleta de la ciencia de la vacunación y de la inmunología”; por ello, las personas que han firmado la petición imploran a la jerarquía eclesiástica que reevalúe su posición, incluso a la luz de las graves incertidumbres sobre la eficacia y seguridad reales de estas vacunas y su carácter experimental.

Entre los firmantes de este grito heroico en defensa de la vida está también la hermana Deirdre Byrne, que en 2020 intervino en la Convención Nacional Republicana, fuertemente apoyada por el ex presidente Trump. También ella, la monja con tres uniformes –además del de monja, es también cirujana y ex coronel del ejército estadounidense- invita a la movilización y a la batalla, sin compromisos peligrosos, sabiendo que “Moloch nunca se sacia”.

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