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Los suicidios del reality show y el engaño de la vida en las redes sociales

Ya son cuatro los suicidios relacionados con el reality show británico "The Love Island": su expresentadora, Caroline Flack, fue encontrada sin vida y antes de ella se habían suicidado otros dos concursantes y un novio. Acostumbrados a estar frente a las cámaras las 24 horas del día, cuando salen hacen lo mismo con las redes sociales. Un fenómeno que también es italiano, que se expande como si la felicidad dependiera del amor que se recibe del mundo, mientras que lo que se obtiene es la desesperación.

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Ya son cuatro los suicidios relacionados con el reality show británico "The Love Island". El sábado pasado, su expresentadora Caroline Flack fue encontrada sin vida en su apartamento de Londres. De 40 años, alguna vez amadísima, recientemente había sido masacrada por los medios tradicionales y digitales por golpear en la cabeza al joven novio de 27 años. Fue él quien llamó a la policía, ensangrentado, aunque después había tratado de defender a la mujer. Según sus amigos, Flack estaba aterrorizada de que el juicio se hiciera público y después de meses de tratamiento antidepresivo, se suicidó.

Antes de ella se habían suicidado Sophie Gradon, estrella de 32 años de "The Love Island", y Miss Gran Bretaña 2009, que durante el reality se había “comprometido” con una mujer, adquiriendo obviamente aún más notoriedad. Al salir de la casa donde los competidores son encerrados durante meses con el objetivo de emparejarse y eliminarse, la mujer había tenido serios problemas mentales, también debido a las críticas de una existencia vivida minuto a minuto en las redes sociales. Luego Gradon se comprometió con Aaron Armstrong, un hombre de negocios de 25 años, con quien pasó tiempo publicando fotos de sus días juntos: en el bote, en el restaurante, en las fiestas e incluso en la cama, obviamente siempre bellísimos y sonrientes.

Después de que murieran en el 2018, en marzo del año pasado se suicidó otro ex concursante de "The Love Island", Mike Thalassitis (26 años). El episodio fue comentado por Mario Falcone, ex competidor de "The Only Way is Essex", otro reality show británico basado en los amores de sus protagonistas: “en las redes sociales se decían tantas cosas mucho más fuertes de "Muggy Mike"”. Luego, explicando que dejar un reality show puede ser difícil pero que igualmente hay que mostrarse siempre feliz, había acusado a la producción del reality show: “Deben reflexionar sobre sí mismos y en cómo tratan a sus estrellas”. De hecho, incluso el New York Times y otros grandes periódicos habían señalado que, para entretener mejor al público, los competidores eran provocados hasta hacerlos explotar en lágrimas, ataques de ira o dramas, para luego verse insultados por los telespectadores incluso después de que la transmisión había terminado.

Los productores del reality shows se defendieron explicando que su servicio psicológico también se extiende hasta los meses posteriores de la salida de la casa. Como diciendo, y sin vergüenza, que, con tal de ofrecer popularidad a alguien, se puede hacerle correr el riesgo de volverse loco. Y, en consecuencia, la fama tiene un precio. Por lo tanto, como informó el periódico estadounidense, varios psicólogos han abandonado el mundo de los reality denunciándolos. E Italia no es mejor, justo en estos días en el Gran Hermano Vip, según el Corriere della Sera, Antonella Elia “perdió el control atacando el programa: “Esta crucifixión que me hicieron es horrenda, todo esto para tener un poco de audiencia, sacrifican a una persona para tener audiencia, es la verdad"".

Lo que es impresionante es que solo unas horas antes del suicidio, estas estrellas habían publicado fotos en las que parecían muy felices. Pero, sobre todo, que estos VIP, que viven en Instagram, son los modelos de nuestra sociedad, por lo que estarían dispuestos a hacer cualquier cosa para participar en un reality show y hacerse famosos, como si la felicidad dependiera de la fama y de la riqueza. Mientras, en cambio, una vez que se alcanzan los objetivos, lo que se obtiene es la desesperación.

Pero como es que la nueva presentadora de "The Love Island", Laura Whitmore, acusó a los trolls en línea de la muerte de Caroline Flack, arremetiendo contra la “prensa que demoniza y destruye el éxito” y los “periódicos que buscan ventas en un buen mercado”. Pero Whitmore no puede ignorar que cuando se decide pasar la vida bajo los reflectores es imposible que la vida permanezca igual como era antes (ya seas VIP o una persona común dependiente de las redes sociales). Esto siempre ha sido así para los personajes del mundo del espectáculo, sobre todo ahora que algo más está sucediendo. Porque si antes los VIP tenían una vida privada, hoy en día hay quienes, VIP o no, la abandonan casi por completo: de los reality se pasa sin tregua a las redes sociales, que se creen controlar pero que al final obligan a quienes las usan como una prolongación de la propia existencia respondiendo continuamente a la propia conducta frente a una audiencia que o te odia o te ama, que ama de ti la imagen que usted mismo construyó: una máscara usada las 24 horas del día capaz de hacer olvidar incluso a quien la lleva de su identidad verdadera, por lo que se pasa el tiempo en la agotadora persecución de la idea platónica de sí mismo.

Entonces, una vez que esa imagen se destruye y el público, a cuyo juicio se ha apostado la existencia, comienza a criticar, se siente angustia como para no ver otra salida que retirarse desde el escenario. Desafortunadamente, cuando el escenario ahora coincide con la propia vida, significa suicidarse. Porque si la razón por la que vivimos fue el amor que se pensó erróneamente que se obtuvo del público (no puede ser amor aquello hacia una imagen falsa y sin límites), una vez que esto se pierde, nada más tienen sentido. Al menos lo saben aquellos que eligen someterse al chantaje del Gran Hermano.

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