Llamados por nombre
Jesús le dice: «¡María!» (Jn 20,16)
En aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan:
«Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella contesta:
«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice:
«Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:
«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».
Jesús le dice:
«¡María!».
Ella se vuelve y le dice.
«¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!».
Jesús le dice:
«No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, ande, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”».
María la Magdalena fue y anunció a los discípulos:
«He visto al Señor y ha dicho esto».
(San Juan 20, 11-18)
El llanto de María se convierte en un encuentro cuando Jesús la llama por su nombre. En medio del dolor, lo confunde con un desconocido: solo la voz del amor le abre los ojos. La resurrección no borra la búsqueda, sino que la transforma en una relación viva. María querría retenerlo, pero es enviada: el amor verdadero no posee, anuncia y comparte. ¿Qué voz estás escuchando en tu vida? ¿Te dejas llamar por tu nombre por Dios, reconociendo que Él te ama de verdad?
