• Economía

Las políticas monetarias expansivas acaban con el ahorro y la responsabilidad

Durante años, parece que la única forma de resolver las crisis económicas ha sido la inyección de liquidez por parte de los bancos centrales. Pero esta continua creación de dinero de la nada tiene implicaciones éticas negativas y perjudica tanto a los individuos como a la colaboración social.

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El mundo de la comunicación, de la política y de las finanzas trabaja desde hace años al unísono para proponer un modelo económico que base su solidez y su salud en un fuerte intervencionismo de los bancos centrales destinado a inundar el sistema con una nueva y constante disponibilidad monetaria. Por lo tanto, es necesario reflexionar sobre los aspectos éticos de estas maniobras y sobre el impacto que tienen en la economía tal como la concibe la Doctrina Social de la Iglesia. Según la enseñanza católica, la economía no es otra cosa que la forma en la que se concreta la colaboración social entre las personas, cada una dotada de su propia dignidad intrínseca, para alcanzar fines materiales.

Para comenzar con la citada reflexión, es oportuno recordar que los razonamientos en materia monetaria están sujetos a una dificultad intrínseca por el hecho de que la moneda es a la vez la medida de valor (unidad de cuenta) y el medio de intercambio: en consecuencia, es tanto una unidad de medida del valor de las mercancías, como un elemento de evaluación propiamente dicho, ya que representa un bien con el que se intercambian otras mercancías.

Vemos que este principio se aplica cada vez que hablamos de una cantidad distinguiendo su valor real de su valor nominal: en el caso del PIB, por ejemplo, o de los salarios. El PIB nominal es el que se mide concretamente en un período determinado; el PIB real es, en cambio, el que se evalúa a paridad de poder adquisitivo con otro período histórico (incluso el año anterior) y que sólo permite comparar plenamente esta cantidad en dos momentos diferentes. Dado que el mundo moderno es estructuralmente inflacionario, estas comparaciones deben ser ajustadas continuamente usando valores reales.

La inflación no es sólo un elemento estructural, sino profundamente artificial y deriva en el mundo moderno del poder que se le ha concedido a los bancos centrales y a los bancos comerciales para producir dinero de la nada. Para hacer una comparación cuantitativa, el período histórico “premoderno” caracterizado por la mayor inflación natural fue el que siguió al descubrimiento del Nuevo Mundo, durante el cual las “grandes” entradas de oro al Viejo Continente produjeron una duplicación de la base monetaria del oro en el curso de aproximadamente un siglo.

En el curso del último siglo, caracterizado sin remedio por una progresiva adopción de moneda fiduciaria cada vez menos vinculada al oro, la tendencia ha sido la de duplicar la base monetaria cada diez años más o menos. Tras la crisis de 2008, la situación se ha acelerado de forma muy brusca: la base monetaria de los Estados Unidos entre agosto de 2008 y mayo de 2020 se ha sextuplicado (+508%), mientras que la base de la zona del euro sólo se ha cuadruplicado ligeramente (+279%). ¡Todo esto en menos de doce años!

Pero, ¿cuáles son los efectos de estos movimientos en la economía, es decir -tal y como lo hemos definido-, en la sociedad civil y la colaboración humana? Sin pretender ser exhaustivos, veamos algunos aspectos importantes centrados en primer lugar en el impacto sobre los individuos y luego veremos los efectos sobre la estructura productiva de una sociedad.

En primer lugar, experimentamos un fuerte y creciente desincentivo al ahorro: vale la pena recordar que el ahorro es la fuente de la inversión y, por lo tanto, de la capacidad de una sociedad para evolucionar hacia modelos técnicos cada vez más avanzados y eficientes. El aspecto inflacionario inherente a la expansión monetaria significa que el valor del dinero se reduce progresivamente en términos de bienes, por lo que no se recomienda en absoluto conservar el dinero, así como tampoco es “inteligente” económicamente hablando prestarlo porque volverá devaluado. Por el contrario, es rentable endeudarse porque, en términos de valor real, lo que se devolverá será menor que lo que se recibirá. Por lo tanto, es un incentivo para la deuda pública y privada. El dinero se convierte –en lugar de la savia de los intercambios- en una patata caliente que tiene que venderse lo antes posible, antes de que pierda irreparablemente su valor.

La continua disponibilidad de nuevos fondos genera además una falsa idea de recursos infinitos: la simplicidad con la que se imprime la moneda genera la ilusión de que también la riqueza puede ser generada sin esfuerzo. En realidad, la inflación no genera riqueza sino que la transfiere. La transferencia tiene lugar según unas indicaciones que sólo es posible identificar de manera parcial y en cualquier caso no con exactitud: transferencia de riqueza de los acreedores a los deudores; de las nuevas generaciones a las anteriores; de los que tienen una renta fija a los que tienen una renta que varía según las condiciones económicas. Esta falsa idea de prosperidad y de recursos infinitos desalienta el compromiso personal y comunitario en el trabajo y alimenta pretensiones crecientes hacia aquellos que tienen el poder y la responsabilidad de manejar el apalancamiento monetario: el Gobierno y el sistema bancario.

Por consiguiente, la colaboración social se ve distorsionada y amenazada hasta el punto de que todos se sienten poco partícipes del desarrollo de la comunidad: estamos encerrados en nosotros mismos, actuando como consumidores desenfrenados y esperando cada vez más de terceras partes que son responsables de la toma de decisiones –ya se llamen Gobierno, Banco Central o mundo de las finanzas- sin reconocer que en nuestro compromiso personal existe una posible contribución al desarrollo de la sociedad y a la economía de nuestra comunidad.

1. Continuará

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