San Romano de Condat por Ermes Dovico
LITURGIA

La fiesta de Cristo Rey es un antídoto contra el laicismo

Introducida por Pío XI en 1925, esta fiesta que cierra el año litúrgico está más de actualidad que nunca: es una invitación a despertar y a rehuir la acomodación al espíritu mundano.

Ecclesia 26_11_2023 Italiano English

El año litúrgico se cierra con la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, introducida por Pío XI con la encíclica Quas primas el 11 de diciembre de 1925 para coronar el Jubileo de ese año, un “Jubileo de la Paz” tras los tristes acontecimientos de la Primera Guerra Mundial. Situada inicialmente el último domingo de octubre, con el Concilio Vaticano II la solemnidad se trasladó al último domingo del año litúrgico. La fiesta fue adoptada también por las confesiones luterana y anglicana.

El prefacio de la Misa define el reino de Cristo como “reino eterno y universal, reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz”. ¿Sigue teniendo sentido hoy hablar de la realeza de Cristo? Y, en caso afirmativo, ¿cómo hacerla realidad en nuestra sociedad postcristiana, cada vez más independiente de toda referencia a Dios y a Cristo? ¿Siguen siendo válidas hoy las razones que llevaron a Pío XI a establecerla a petición de pastores y fieles?

La citada encíclica Quas primas subrayaba el compromiso de los católicos en la sociedad para acelerar y apresurar el retorno a la realeza social de Cristo y explicaba la razón: oponer “un remedio eficacísimo a esa plaga que invade la sociedad humana”, la plaga del “llamado laicismo con sus errores e impíos incentivos”. Se trataba, pues, de contrarrestar el nacimiento y el crecimiento de una sociedad atea y secularizada, que el Papa calificó de “plaga de nuestro tiempo”. Señaló a continuación que los males del mundo derivan de haber alejado a Cristo “y a su santa ley” de la práctica de la vida cotidiana, de la familia y de la sociedad, por lo que la esperanza de una paz duradera entre los pueblos es imposible mientras los individuos y las naciones sigan negando y rechazando “el imperio de Cristo Salvador”. Por tanto, es necesario –concluía el Papa- “instaurar el Reino de Cristo y proclamarlo Rey del Universo”.

Bien mirado, más allá del lenguaje de la época, el análisis de Pío XI sobre la sociedad parece de enorme actualidad. Es un análisis que nos ayuda a ver hoy que, en nombre de una autonomía cada vez más reafirmada, la humanidad contemporánea parece que ha elegido prescindir de Dios voluntariamente. Escuchemos de nuevo estas palabras de Pío XI: “Si mandamos que Cristo Rey sea venerado por todos los católicos del mundo, proveeremos así a las necesidades de los tiempos presentes, aportando un remedio eficacísimo a esa plaga que invade la sociedad humana”. Se refería al “llamado laicismo con sus errores e impíos incentivos”. Entonces como ahora, surge un hecho innegable: la fe se diluye cada vez más, hasta hacerse irrelevante en la concepción de la vida y en las opciones de nuestras sociedades. Incluso los cristianos renuncian a veces a ser sal y levadura evangélica en la masa de este mundo y muchos parecen encerrarse en sus propios recintos, casi renuentes a afrontar los grandes desafíos de los tiempos contemporáneos.

La fiesta de Cristo Rey puede ser un estímulo para que los católicos despierten del letargo de la indiferencia y de la acomodación al espíritu mundano; un impulso para convertirse a la valentía del testimonio evangélico en todos los ámbitos de la sociedad. Si ayer la “plaga” era el laicismo, hoy la “plaga” es la indiferencia, el desentendimiento, la aceptación acrítica de todo como si ya no hubiera diferencia entre el bien y el mal. El heroísmo de los mártires, riqueza imperecedera de la Iglesia, es siempre indispensable para ir contracorriente, porque estaban dispuestos a arriesgar incluso la propia vida cuando se trata de dar testimonio de Cristo. Pretenciosa es la polémica de quienes consideran la imagen de Jesús Rey como si los cristianos quisiéramos imponer nuestras creencias a los demás. Los destinatarios de esta fiesta somos nosotros, los católicos, la Iglesia en su conjunto, urgida por el Espíritu Santo a considerar a Cristo nuestro Rey y Señor: en efecto, sólo a través de nuestra fidelidad al Evangelio el mensaje de Cristo puede llegar a todos, creyentes y no creyentes.

Cristo es el Alfa y la Omega (Ap 21,6); ante Pilato, afirmó categóricamente su realeza, respondiendo a su pregunta: “¿Así que tú eres rey?”, “Tú lo dices, yo soy rey” (Jn 18,37). Su reino, explicó Pío XI, “primariamente espiritual”, se contrapone únicamente al de Satanás y los poderes de las tinieblas. Por lo tanto es un Reino no de este mundo, porque no procede de los hombres, sino sólo de Dios.

De sus súbditos este Rey exige, continúa Pío XI, no sólo una mente desprendida de las riquezas y de las cosas terrenas, mansedumbre de costumbres, hambre y sed de justicia, sino también negarse a sí mismos y tomar su cruz para seguirle. Este Reino de Cristo ya está presente en la tierra, pero en el misterio –lo recuerda también el Concilio Vaticano II en la constitución pastoral Gaudium et spes (nn. 19-22; 33-39)-; sin embargo, alcanzará su plena perfección al final de los tiempos con la venida del Señor, Juez y Rey Supremo, para juzgar a vivos y muertos (Mt 25, 31 ss).
 

* Arzobispo emérito de Ascoli Piceno