La “Alianza de Mahoma” redefine los nuevos equilibrios en Oriente Medio
La pérdida de visión política de EE. UU. en el conflicto de Oriente Medio ha obligado a Arabia Saudí y Pakistán a forjar una alianza suní que va mucho más allá de la cooperación militar. Y la unión con Turquía y Egipto lleva a pensar que los equilibrios cambiarán porque la seguridad de la región ya no puede ser garantizada por potencias externas.
La paz no está redefiniendo Oriente Medio, sino la precariedad de sus nuevos equilibrios. Si el acuerdo entre Estados Unidos e Irán se tambalea, el acuerdo entre el Líbano e Israel podría tener consecuencias aún más dramáticas: el riesgo es que el Líbano se vea abocado a una guerra civil con un desenlace impredecible, mientras toda la región atraviesa la transformación más profunda de las últimas décadas. Una transformación que se está llevando a cabo lejos de los focos de las conferencias internacionales y de las fórmulas diplomáticas con las que, durante décadas, se ha descrito un Oriente Medio inmóvil solo en apariencia.
El proceso de cambio está avanzando al margen de las presiones procedentes de Washington, mientras Donald Trump sigue apoyando una guerra que muchos observadores consideran un grave error estratégico y cuyo desenlace sigue siendo profundamente incierto. De hecho, las declaraciones del presidente estadounidense acaban reforzando la impresión de que Estados Unidos se ha visto envuelto en un conflicto sin una visión política clara, confiando más en la retórica que en la capacidad de orientar los acontecimientos. Una superpotencia que sigue hablando como si dictara las reglas del juego pero que cada vez parece menos capaz de determinar su desenlace.
Sin embargo, bajo la superficie de las guerras, las crisis y las declaraciones oficiales, como un río kárstico, se está moviendo algo más profundo. La verdadera novedad no se refiere únicamente al conflicto entre Israel y Hamás o al enfrentamiento entre Israel e Irán. Se refiere a la búsqueda progresiva de un nuevo orden regional por parte de las principales potencias del mundo musulmán. Un proceso que nace de la convicción de que el sistema construido en las últimas décadas está mostrando todas sus limitaciones y de que el futuro de la región ya no puede depender exclusivamente de las decisiones tomadas en Washington, Moscú o Pekín.
En este contexto, el acuerdo de defensa entre Arabia Saudí y Pakistán que se ha reforzado recientemente adquiere un significado que va mucho más allá de la cooperación militar entre dos países históricamente aliados. El interés manifestado también por Turquía y Egipto confirma su alcance estratégico. Es la señal de una transformación más amplia destinada a rediseñar los equilibrios geopolíticos de Oriente Medio.
Hay que partir de Gaza para comprender su alcance. Desde el 7 de octubre de 2023, día del ataque de Hamás contra Israel, la región ha entrado en una de las fases más inestables y peligrosas de su historia reciente. La devastación de la Franja, la tragedia humanitaria, la parálisis diplomática de la comunidad internacional y la incapacidad de las grandes potencias para imponer una solución han tenido consecuencias que van mucho más allá del conflicto israelo-palestino.
De hecho, la guerra ha puesto en tela de juicio toda la arquitectura de la seguridad regional. Mientras Gaza se convertía en el símbolo de la impotencia de la diplomacia internacional, el enfrentamiento entre Israel e Irán se transformaba en un choque cada vez más directo. Ataques recíprocos, operaciones encomendadas a aliados regionales, amenazas cruzadas y la implicación de Estados Unidos han vuelto a poner en el centro de atención una pregunta que parecía ya archivada: ¿quién garantiza hoy la seguridad de Oriente Medio? Durante muchos años la respuesta ha sido sencilla: Estados Unidos. Las monarquías del Golfo han construido gran parte de su seguridad bajo el paraguas estratégico estadounidense. Las bases militares, los acuerdos de defensa, los suministros de armamento y la presencia permanente de las fuerzas estadounidenses representan, aún hoy, el fundamento del orden regional surgido tras la Guerra Fría.
Pero ese modelo está mostrando signos evidentes de desgaste. Las largas guerras en Afganistán e Irak han minado la credibilidad del liderazgo estadounidense. El progresivo desplazamiento de la atención estratégica hacia el Pacífico ha alimentado el temor de que Oriente Medio ya no sea una prioridad absoluta para Washington. Las oscilaciones de la política exterior estadounidense, de una administración a otra, han reforzado aún más la impresión de que es una potencia menos predecible y menos fiable respecto al pasado.
Así, en las capitales árabes y musulmanas se ha extendido una convicción cada vez más arraigada: confiar por completo la propia seguridad a una potencia externa ya constituye un riesgo. Esto no significa romper con Estados Unidos. Significa simplemente empezar a imaginar instrumentos alternativos y más autónomos.
Y el nuevo eje entre Riad e Islamabad hay que interpretarlo en función de este contexto. Las relaciones entre Arabia Saudí y Pakistán no son ninguna novedad. Las fuerzas armadas de ambos países colaboran desde hace décadas, al igual que están consolidados los intercambios políticos y estratégicos. Hoy, sin embargo, esta cooperación adquiere un significado diferente, ya que se inscribe en un momento histórico caracterizado por la redefinición de todo el sistema regional. El acuerdo refuerza la coordinación militar e introduce un principio políticamente relevante: una agresión contra uno de los dos países aliados se considera una amenaza también para el otro. No se trata aún de una verdadera alianza de defensa compartida pero en cualquier caso representa un salto cualitativo. Es una señal dirigida tanto a los aliados como a los posibles adversarios.
El peso de Pakistán dentro de este proyecto es fundamental. No solo porque cuenta con uno de los ejércitos más poderosos del mundo musulmán, sino sobre todo porque es la única potencia nuclear islámica. Arabia Saudí aporta su poderío financiero, su peso energético y su centralidad religiosa. Islamabad añade una dimensión militar y de disuasión que ningún otro país islámico posee. Juntos constituyen un eje destinado a influir, también económicamente, en el futuro de la región.
Por su parte, Turquía cuenta con una de las industrias de defensa más avanzadas de Oriente Medio y ha demostrado en los últimos años una creciente capacidad de presencia geopolítica, desde el Mediterráneo oriental hasta el Cáucaso, desde Libia hasta Siria. Egipto controla el Canal de Suez, una de las arterias fundamentales del comercio mundial, y sigue representando el principal polo demográfico del mundo árabe.
El camino sigue siendo complejo y nada lineal. En el centro se encuentra Irán, que observa con atención el posible surgimiento de un eje entre potencias suníes: no tanto por una nueva amenaza inmediata, sino por el riesgo de una redefinición de los equilibrios sobre los que Teherán ha construido su influencia en la región, desde el Líbano hasta Yemen. En el Golfo prevalece la prudencia. Los Emiratos Árabes Unidos observan con cautela cualquier nuevo orden que pueda debilitar el papel adquirido con los Acuerdos de Abraham y la cooperación estratégica con Israel, pilar de su proyección regional. Qatar, por su parte, se mueve en un plano diferente: gracias a sus relaciones con Turquía y a su tradicional capacidad para dialogar con actores rivales, Doha podría labrarse un espacio cada vez mayor como mediador en una fase de creciente redefinición de los equilibrios en Oriente Medio.
Por lo tanto, la guerra de Gaza ha acelerado una transformación que ya estaba en marcha. Por primera vez en décadas, algunas de las principales potencias islámicas parecen dispuestas a construir su propia seguridad sin confiarla por completo a las grandes potencias externas. Aún no existe una alianza, pero sí una dirección. Y si el eje entre Arabia Saudí, Pakistán, Turquía y Egipto llegara a consolidarse, Oriente Medio podría dejar de ser únicamente el terreno de enfrentamiento de las potencias globales para convertirse él mismo en uno de los nuevos centros del poder mundial.
