• ENTREVISTA / DE LEONARDIS

“Éste es el enfoque de los Papas en tiempos de guerra”

La llamada al cese de las armas, pero con un enfoque diferente según la situación. Desde el “suicidio de la Europa civilizada” (Benedicto XV) que supuso la Gran Guerra, pasando por los intentos de Pío XII de evitar la Segunda Guerra Mundial, hasta la actitud actual de Francisco. La Brújula Cotidiana entrevista al profesor Massimo de Leonardis sobre el papel de los Papas durante las guerras de los siglos XX y XXI.

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El magisterio pontificio en tiempos de guerra es un tema bastante articulado y poco explorado. Desde Benedicto XV hasta Pío XII, pasando por san Juan Pablo II y el Papa Francisco, el enfoque de los Papas ante los grandes conflictos nunca ha sido unívoco. El hilo común que une a cada experiencia es probablemente el de una rechazo sustancial a las armas que se ha vuelto más radical década tras década. La Brújula Cotidiana ha hablado de ello con Massimo de Leonardis, profesor emérito de Historia de las Relaciones Internacionales en la Universidad Católica del Sacro Cuore de Milán.

Profesor De Leonardis, empecemos por analizar el enfoque diplomático de Benedicto XV: este Papa es más conocido por haber condenado la “matanza inútil” de la Gran Guerra. ¿Podemos deducir entonces que era partidario de la neutralidad o, más bien, que estaba alineado con una de las partes y su estrategia era la no beligerancia?
El término correcto para identificar la posición de la Santa Sede en la Gran Guerra es el de “imparcialidad”, que también fue impuesta por el hecho de que los católicos militaban en ambos bandos y que también era el requisito necesario para poder ejercer un papel mediador. La “imparcialidad” conllevaba una extrema precaución a la hora de denunciar explícitamente las violaciones del jus in bello por parte de los beligerantes. Me gustaría añadir que, en mi opinión, Benedicto XV pronunció una frase aún más relevante que la de la “matanza inútil”. En su nota del 1 de agosto de 1917 dijo: “Esta guerra [...] nos parece el suicidio de la Europa civilizada”, expresión que ya había utilizado en dos ocasiones. La historia ha confirmado esta apreciación. Los vencedores pudieron engañarse pensando que la matanza no había sido en vano: por ejemplo, Francia recuperó Alsacia y Lorena e Italia se apoderó de Trento y Trieste. Sin embargo, no cabe duda de que, para Europa en su conjunto, se sentaron las bases de su desaparición como actor mundial importante.

Durante la Primera Guerra Mundial, los distintos episcopados mostraron una actitud más “patriótica” que el Pontífice. ¿Ve usted paralelismos en esto con las diferencias de enfoque entre el Papa Francisco y algunos pastores de las iglesias del este de Ucrania durante el actual conflicto?
Las Iglesias ortodoxas y protestantes tienen siempre un carácter nacional y están estrechamente vinculadas a los distintos Estados. La Iglesia católica tiene una dimensión universal, pero esto no excluye que los episcopados y el clero puedan adoptar una actitud patriótica. El caso más resonante de disidencia a la iniciativa papal se produjo en Francia, donde el famoso predicador dominico Antonin-Dalmace Sertillanges, de la cátedra de la Madeleine, declaró: “Santidad, no queremos saber nada de su paz”. En el Reino Unido los católicos tuvieron que demostrar definitivamente que era infundada la antigua acusación de ser traidores por tener una “doble lealtad” al Rey y al Papa. Son situaciones estructurales que se repiten aún hoy en día en lo que respecta a las iglesias ortodoxas: de hecho, no es de extrañar que estén divididas entre las que son leales al Patriarcado de Moscú y las que son leales a su propia nación.

Hablemos ahora de Eugenio Pacelli: ¿cuál fue su papel diplomático en la Segunda Guerra Mundial, sobre todo en relación con las dos potencias vencedoras, Estados Unidos y la URSS?
Pío XII había sido uno de los protagonistas de las iniciativas diplomáticas de Benedicto XV en la Gran Guerra, por lo que era perfectamente consciente de las limitadas posibilidades de intervención en un conflicto que tenía como protagonistas a personajes como Hitler y Stalin. De hecho, Pío XII no fue en absoluto el “Papa” de Hitler, como algunos lo han definido absurdamente. En todo caso, surgió su apoyo al presidente estadounidense Roosevelt, al que había conocido en 1936 en Estados Unidos y con el que estableció una relación cordial.

¿Cuáles fueron las principales intervenciones diplomáticas de Pío XII en la Segunda Guerra Mundial?
En primer lugar, el intento, obviamente destinado al fracaso, de organizar una conferencia internacional para evitar el estallido de la guerra. En diciembre de 1939 se produjo un acontecimiento importante y poco recordado con motivo del décimo aniversario de la Conciliación. El rey Víctor Manuel III realizó una visita de Estado al Vaticano y, hecho muy significativo, Pío XII, en lugar de delegar la tarea en el Secretario de Estado como era habitual, devolvió personalmente la visita al Quirinal, que había sido la residencia de los Papas. Por el contexto de los documentos, los discursos pronunciados y, sobre todo, teniendo en cuenta la contrariada reacción de Mussolini, se comprende bien el significado del gesto de Pío XII como una fuerte presión para que Italia se mantuviese fuera de la guerra. El Papa negó entonces cualquier forma de “bendición” a la “cruzada antibolchevique”. Es más, en 1941, a petición de Roosevelt, dio un apoyo fundamental a la extensión a la URSS de los beneficios de la ley de “renta y préstamo”, promoviendo una declaración de monseñor McNicholas, arzobispo de Cincinnati, declarando que la encíclica Divini Redemptoris de Pío XI condenaba el comunismo pero no al pueblo ruso, seguido de una resolución de apoyo a la política del presidente por parte del National Catholic Welfare Council (precursor de la Conferencia Nacional de Obispos Católicos). También hay que señalar que el Papa, tras una breve reflexión, aceptó establecer un canal secreto de comunicación con los conspiradores alemanes antihitlerianos.

Desde Pío XII hasta Francisco, ¿qué han opinado los Papas sobre el concepto de disuasión?
En su mensaje radiofónico de Navidad de diciembre de 1948, Pío XII describió admirablemente el concepto de disuasión: “La [...] defensa contra la agresión injusta es sin duda plenamente legítima. A esta defensa está ligada también la solidaridad de las naciones, que tiene el deber de no dejar abandonado al pueblo agredido. La seguridad de que este deber no quedará sin cumplir servirá para disuadir al agresor y así evitar la guerra, o al menos, en la peor hipótesis, para acortar su sufrimiento”. En el mismo documento, el Pontífice criticó dos posturas opuestas: “Algunos retoman el viejo dicho, no del todo falso pero que se presta a ser malinterpretado y del que a menudo se ha abusado, ‘si vis pacem, para bellum’ (si quieres la paz, prepárate para la guerra). Otros creen encontrar la salvación en la fórmula ‘¡Paz a toda costa!’. Ambas partes quieren la paz, pero ambas la ponen en peligro; unas porque despiertan la desconfianza; otras porque fomentan la seguridad de quienes preparan la agresión”. Conceptos inspirados (incluso antes de la centenaria doctrina católica sobre la “Guerra justa”) en el derecho natural expresado en la máxima “vim vi repellere licet” (es lícito repeler la violencia con la violencia), frase de Cicerón sacada del Digesto de Justiniano. No me parece que el Papa Francisco siga el mismo camino doctrinal, prefiriendo una condena total de la guerra y el armamento.

Aparte de lo dicho hasta ahora, ¿cuáles son, en general, las similitudes y diferencias más relevantes entre la gestión del Papa Francisco del conflicto ruso-ucraniano y lo que hicieron Benedicto XV y Pío XII durante las dos guerras mundiales?
Las dos guerras mundiales fueron, obviamente, acontecimientos mucho más complejos que la actual crisis ruso-ucraniana, que se parece más (aunque no deja de ser diferente) a la invasión estadounidense de Irak en 2003 contra la que se pronunció san Juan Pablo II, muy consciente de las dramáticas consecuencias que habría provocado. El Papa Francisco no señala explícitamente al agresor formal, pero recuerda el contexto no unívoco que generó la invasión. Sobre todo, el actual Pontífice denuncia que la guerra provoca consecuencias desastrosas para todos.

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