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El príncipe que quería ser un virus

Fundó la WWF y para salvar el medio ambiente habría sacrificado voluntariamente una parte de la humanidad, hasta el punto de declarar que habría querido reencarnarse en un virus letal. Imbuido de la ideología neomaltusiana, fue hijo y promotor de una cultura eugenésica. Ésta es la faceta menos conocida del marido de la reina Isabel, Felipe de Edimburgo, cuyo funeral se celebró el pasado fin de semana.

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“Si pudiera reencarnarme me gustaría volver como un virus mortal para ayudar a resolver el problema de la superpoblación”. Esta frase del duque de Edimburgo, cuyo funeral se celebró el pasado sábado en el Castillo de Windsor, en el sur de Inglaterra, pone de relieve un aspecto importante de su vida que se ha pasado por alto en las conmemoraciones tras su muerte el 9 de abril.

A diferencia de algunas de sus meteduras de pata, éste no fue uno de esos comentarios improvisados que formaron su reputación. Por el contrario, con ella expresaba una profunda convicción que determinó muchas de las cosas que hizo. La cita, tomada de una entrevista concedida en 1988 a la Deutsche Press-Agentur, se suma a otras muchas entrevistas y conferencias que dio sobre el tema de la conservación. La preservación del medio ambiente era una tarea a la que se unió con dedicación e invitaba a todos los “poderosos” a hacer lo mismo porque, por definición, tienen un impacto directo en el comportamiento de los que están por debajo de ellos.

Pero volviendo a la frase sobre la hipotética reencarnación y el hecho de que el Duque de Edimburgo quisiera volver como un virus mortal para “curar” al mundo de su supuesta enfermedad (la superpoblación) matando a millones de personas, es innegable que creó cierto asombro. Además, nunca dejó claro si sentía algo por el inmenso sufrimiento que infligiría a los infectados.

Sin embargo, el control de la población, como sugiere su comentario, no era el objetivo principal del príncipe Felipe de Edimburgo, sino el medio para conseguir un fin. Su preocupación era preservar un medio ambiente sostenible y, en su opinión, el crecimiento descontrolado de la población era el cáncer que, si no se trataba, acabaría por provocar su desaparición. Veía el problema del crecimiento incontrolado de la población de la misma impasible manera que veía la necesidad de sacrificar animales para mantener el delicado equilibrio de la sostenibilidad natural. El Duque dejó muy clara esta creencia utilizando el ejemplo del éxito de un proyecto de las Naciones Unidas en los años 40 que erradicó la malaria en Sri Lanka. “Lo que la gente no sabía es que la malaria estaba controlando el crecimiento de la población. La consecuencia fue que en unos 20 años la población se duplicó. Ahora tendrán que encontrar algo que hacer para toda esa gente y una forma de alimentarlos”.

Felipe siempre decía lo que pensaba y una vez que tomaba una decisión, la llevaba a cabo hasta el final. Su posición como consorte de la Reina del Reino Unido multiplicó, obviamente, las oportunidades de llegar a un amplio público; y el mensaje medioambiental que difundió por todo el mundo quedó grabado en piedra. Fred Hauptfuhrer le entrevistó para People en 1981, para un artículo titulado “La desaparición de las razas preocupa al príncipe Felipe, pero no tanto como la superpoblación”.

A la pregunta de “¿Cuál considera que es la principal amenaza para el medio ambiente?”, el Duque de Edimburgo respondió: “El crecimiento de la población humana es probablemente la mayor amenaza para la supervivencia a largo plazo. Sería un gran desastre si no se frena, no sólo para el mundo natural, sino para el mundo humano. Cuanta más gente haya, más recursos consumirán, más contaminación crearán, más lucharán. No tenemos alternativa. Si el número no se controla voluntariamente, se controlará involuntariamente mediante el aumento de las enfermedades, el hambre y la guerra”.

Cuando se le pregunta: “¿El control de la natalidad es parte de la solución?”, el príncipe Felipe respondió: “Sí, pero no se pueden legislar estas cuestiones. Hay que convencer a la gente para que entienda la necesidad de hacerlo: las personas más importantes, las que tienen responsabilidades y pueden hacer realmente algo por el problema. Los que no tienen responsabilidades tienen que hacerlo porque son los destinatarios. Tienen que aceptar las medidas”.

Desde el principio, el príncipe Felipe quiso dejar su huella. Fundó el World Wildlife Fund (WWF) en 1961 y fue su presidente en el Reino Unido de 1961 a 1982, presidente internacional desde 1981 y presidente emérito desde 1996. Ayudó a fundar la Australian Conservation Foundation y en 1963 fue también presidente de la Zoological Society of London durante dos décadas, y fue nombrado miembro honorario en 1977. Sin embargo, para los animalistas más radicales era un aliado extraño y a menudo les costaba entender un mensaje que consideraban ambiguo, si no hipócrita. No podían entender cómo podía justificar simultáneamente el derecho a la caza y la lucha contra la extinción de especies. El príncipe Felipe se quejó de que sus críticos no entendían el quid de la cuestión: “Cuando era presidente de WWF, recibía más cartas de gente preocupada por el modo en que se trataba a los animales en los zoológicos que por la supervivencia de una especie. La gente no es capaz de entender la idea de la supervivencia de una especie, les preocupa más cómo se trata a un burro en Sicilia o cosas así (...) Creo que hay una diferencia entre preocuparse por la conservación de la naturaleza y tratar bien a los conejos”, dijo a Fiona Bruce de la BBC en 2011.

En su opinión, hablar de conservación de la naturaleza y de crecimiento estable de la población significaba reconocer que ambas cosas se necesitaban mutuamente para que la vida sobreviva en la Tierra. En este sentido, fue significativo el discurso sobre “La gente y la naturaleza” que pronunció el 30 de marzo de 1990 en las Naciones Unidas en Nueva York como Rafael M. Salas Lecture: “Hace más de 25 años empecé a darme cuenta de que, si bien la especie humana debe mucho a los científicos y tecnólogos, la explosión resultante de la población humana se ha convertido en la causa principal de la degradación del medio ambiente natural y en la responsable de la extinción de especies salvajes de plantas y animales. (...) A estas alturas debe ser obvio que un mayor crecimiento de la población en cualquier país es indeseable. (...). Lo que importa es el tamaño de la población en proporción al espacio disponible (...). Nuestro planeta Tierra es una bola de tamaño fijo (...) La mecha de la bomba demográfica ya se ha encendido y las consecuencias de la explosión para el mundo futuro serán mucho más devastadoras que cualquier holocausto nuclear”.

A quién le correspondería desactivar la bomba y tomar las decisiones concretas para asegurar la supervivencia de la especie, era ya una cuestión posterior. Ésta fue su respuesta: “No me cabe duda de que el UNFPA se preocupa por la conservación de la naturaleza, y el WWF promueve la planificación familiar en sus proyectos de conservación. (...) Espero haber dejado claro que tanto el control del número de la población humana como la conservación de la naturaleza tienen que ver, a su manera, con la salud y el bienestar futuros del planeta Tierra y de todos sus habitantes vivos... Los líderes del pensamiento, de la política y de la administración, [deberían] empezar a enfrentarse a los hechos y hacer esfuerzos serios para encontrar formas de resolver la crisis”.

La extraña declaración del Duque de Edimburgo, que volvió a ser noticia después de que el Palacio de Buckingham anunciara su muerte, ha causado obviamente un nuevo asombro en esta época de pandemia y sus comentarios se han relacionado con las muertes causadas por el COVID-19. Pero lo que muchos no entienden es que las políticas de control de la población practicadas por las agencias de la ONU encuentran sus raíces en el movimiento eugenésico –extendido en el Reino Unido y Estados Unidos- que ya era una fuerza en el momento del nacimiento del príncipe Felipe en 1921. Esperemos que, una vez que desaparezca la narrativa políticamente correcta sobre su legado, alguien sea capaz de reconstruir las verdades omitidas sobre él.

Hasta entonces, los entusiastas del control de la población probablemente estarán cruzando los dedos con la esperanza de que el Duque de Edimburgo regrese de verdad como un horrible virus y les ayude a terminar el trabajo. Pero en caso de que los decepcione, su hijo Carlos y su nieto Guillermo, futuro heredero al trono, han tomado el relevo y ya le hacen sentir orgulloso.

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