• EL CATECISMO DE LOS DOMINGOS

El objeto de la Caridad

Dios es el fin último de la caridad, al igual que es su propia fuente. En Dios mismo amamos a los otros tres objetos de la caridad: el prójimo, nosotros mismos y nuestro cuerpo. La caridad perfecta tiende, pues, a Dios y en Dios se extiende al prójimo.

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En este curso de doctrina estamos tratando el Credo, en su primer artículo: Credo in Unum Deum, y también su contraparte, que es el Primer Mandamiento. Dentro de éste, siguiendo el Catecismo, hemos incluido el discurso sobre las tres virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad.

La lección de hoy tiene como tema el OBJETO DE LA CARIDAD, con referencia a la quaestio 25 de la Suma Teológica.

Para volver a conectar y reencontrarnos con los artículos anteriores, recapitulemos lo que hemos visto:

1. QUÉ ES LA CARIDAD, es decir, su esencia. Y hemos visto que la caridad es un río que brota de Dios mismo, que decide compartir su Vida con nosotros. La caridad tiene, pues, un origen sobrenatural y una “naturaleza” divina.

2. Esta caridad se deposita en el hombre, particularmente en su voluntad. EL SUJETO DE LA CARIDAD, por lo tanto el hombre, debe disponerse al crecimiento de la caridad que ha sido derramada en él.

3. Hoy abordamos el tercer aspecto, es decir, la FINALIDAD U OBJETO DE LA CARIDAD, que también es eminentemente sobrenatural.

- Y nos preguntamos: ¿Dónde termina este río que brota de Dios y se derrama en el hombre? ¿Por dónde fluye? ¿Cuál es su destino?

Una primera respuesta puede ser ésta: LA CARIDAD TIENE SU FIN EN DIOS Y, EN DIOS, TAMBIÉN EN LOS DEMÁS.

En esta lección y en las siguientes profundizaremos en esta respuesta.

En el artículo 12 de la quaestio 25, santo Tomás explica que hay cuatro cosas que deben ser amadas con el amor de la caridad: Dios, el prójimo, nuestro cuerpo y nosotros mismos.

Santo Tomás, citando un pasaje de san Agustín, afirma:

San Agustín enseña: ‘Hay cuatro cosas que hay que amar: la primera que está por encima de nosotros’, es decir, Dios; ‘la segunda que somos nosotros’; ‘la tercera que está cerca de nosotros’, es decir, nuestro prójimo; ‘la cuarta que está debajo de nosotros’, es decir, nuestro cuerpo”.

Luego continúa:

“La amistad de la caridad se funda, como hemos dicho, en la coparticipación de la beatitud. Ahora bien, en este reparto hay una realidad que debe considerarse como el principio irradiador de la beatitud, es decir, Dios; luego hay una segunda realidad que participa directamente de ella, es decir, el hombre o el ángel; y hay una tercera realidad de la que deriva la beatitud por una cierta redundancia, y es el cuerpo humano”.

 

EL PRIMERO: DIOS.

- Dios es el fin último de la Caridad, al igual que es su propia fuente.

Dios es el punto final de la respuesta de la Caridad del hombre. Más precisamente, en la perspectiva trinitaria, el Padre es el fin último, a través del Hijo, en el Espíritu Santo. Así como Dios es el principio irradiador de la beatitud y la Caridad, el círculo se cierra en su mismo origen. Y en Dios mismo amamos los otros tres objetos de la caridad: el prójimo, nosotros mismos y nuestro cuerpo.

- En el artículo 3 de la quaestio 27, santo Tomás explica que a través de la caridad HAY QUE AMAR A DIOS POR SÍ MISMO.

- En el artículo 4, en cambio, santo Tomás se pregunta si es posible amar a Dios en esta vida sin intermediarios, y responde:

“De todo esto hay que concluir que el amor, acto de la potencia apetitiva, tiende en primer lugar hacia Dios, incluso en nuestra vida, y de Él va hacia las otras cosas. A tenor de eso, la caridad ama inmediatamente a Dios, y a las demás cosas las ama mediante Él”

- En el artículo 5, santo Tomás especifica que HAY QUE AMAR A DIOS TOTALMENTE, donde obviamente el adverbio “totalmente” está en relación con la capacidad de amar del hombre y no con la “medida” de Aquel a quien se ama, es decir, Dios.

- Por otro lado, en el artículo 8, santo Tomás se pregunta si es más meritorio amar al prójimo o amar a Dios, y en la respuesta que da deja claro lo que significa la PRIORIDAD DEL AMOR DE DIOS.

“Considerando por separado cada uno de esos dos amores [el de Dios y el del prójimo, ed.], es indudable que es más meritorio el amor de Dios, pues merece por sí mismo galardón, ya que la recompensa suprema es gozar de Dios, y a ello tiende el impulso del amor divino.

En segundo lugar, esta comparación puede entenderse en el sentido de un amor a Dios limitado sólo a Dios, y un amor al prójimo motivado por el amor a Dios. Entonces el amor al prójimo incluye también el amor a Dios: mientras que el amor a Dios no incluye el amor al prójimo. Así, la comparación será entre el amor perfecto de Dios, que incluye también al prójimo, y el amor ineficaz e imperfecto de Dios: porque ‘este mandamiento tenemos de Dios, que el que ama a Dios ame también a su prójimo’. Y en este sentido el amor al prójimo es superior”.

La caridad perfecta, por tanto, tiende a Dios y en Dios se extiende al prójimo; y no puede ser de otro modo, pues de lo contrario no es caridad. El amor al prójimo, que Tomás considera superior, no es un amor al prójimo sin Dios o incluso contra Dios, sino en Dios. La caridad, precisamente porque viene de Dios, atrae a Dios y atrae, por así decirlo, al prójimo con ella.

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