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El antirracismo de los racistas antioccidentales

La furia iconoclasta de los antirracistas está despegando no sólo en los Estados Unidos, sino en todo el mundo. En Inglaterra profanan a Churchill y también a Gandhi, en Italia la estatua de Montanelli está en peligro. Y mientras tanto, Cristóbal Colón sigue atrayendo el odio. Los dulces de marca “Moretti” desaparecen de los supermercados italianos y “Lo que el viento se llevó” de la programación televisiva. ¿Pero por qué?

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La furia iconoclasta de los antirracistas está despegando no sólo en los Estados Unidos, sino en todo el mundo. Una de las primeras figuras que ha pagado las consecuencias en EE.UU. ha sido, entre otras, la estatua de Cristóbal Colón, derribada en Minneapolis y decapitada en Boston. En Richmond el monumento ecuestre del General Lee, comandante de las fuerzas confederadas (del sur) en la Guerra Civil, podría ser retirado. No era un comerciante de esclavos: Lee también había recibido una oferta de Lincoln para comandar el ejército unionista antes de optar por servir a su estado, Virginia, en el Sur. Pero ahora, incluso en contra de su voluntad, es un símbolo del mal racista que debe ser derribado. Pero incluso el mismo Lincoln ha sido difamado. Y también el monumento a los caídos del 54º Regimiento de Massachusetts (formado exclusivamente por voluntarios afroamericanos) se ha convertido en el objetivo de los vándalos. En Londres ha causado un gran revuelo –con razón- el ataque a la estatua de Winston Churchill, el hombre que se enfrentó a Hitler de 1939 a 1945 (y el único que se enfrentó a él de 1940 a 1941), y al que los calumniadores “antifascistas” llaman “racista” por haber dirigido el que entonces era el mayor imperio colonial del mundo. Pero incluso la estatua de Gandhi, anticolonialista por excelencia, ha sido igualmente profanada frente a la Embajada de la India en Londres. Y no por extremistas de derecha, sino por antirracistas ofendidos por sus comentarios históricos sobre los negros de Sudáfrica. En Italia, en cambio, hay quienes, como el movimiento Sentinelli, piden que se retire la estatua de Indro Montanelli. El gran periodista italiano “se casó”, según la costumbre africana, con una niña eritrea de 12 años durante la Guerra de Abisinia y no le perdonan.

Sin embargo, es totalmente equivocado rebuscar el pasado de cada personaje representado por estatuas o placas, para juzgar sus errores y evaluar si un castigo póstumo a través del olvido y la damnatio memoriae es correcto o no. Porque el movimiento iconoclasta antirracista y “antifascista” no está contra el individuo ni la persona. Incluso los nombres y los símbolos cambian. La Nascar, una asociación que organiza carreras automovilísticas en Estados Unidos, especialmente en el sur, ha decidido retirar la bandera representativa del sur del país de todos los eventos y propiedades a costa, eso sí, de ganarse la antipatía del público. En 2015, un año libre de cualquier sospecha (antes de la era Trump), se retiró del mercado la comercialización de la clásica serie Hazzard porque el coche de los protagonistas, el “General Lee” (sí, él) tenía la bandera del sur en su techo. “Lo que el viento se llevó”, un hito en el cine de Hollywood, ha sido eliminado del catálogo de la plataforma digital Hbo Max: dado que está ambientada en el sur es, por lo tanto, “racista”. Ironías de la vida, porque esa película le consiguió a Hattie McDaniel (la niñera de Scarlett O’Hara) el primer Oscar que ganó una actriz afroamericana en 1940. Pero todo sea por combatir supuestamente el racismo. Durante unas horas había circulado un falso rumor sobre el canal digital de Disney+, asegurando que había quitado los dibujos animados de “Calimero” (por ser un pequeño negro desafortunado, parecía). No era cierto. Pero para compensar, hace un año la propia Disney+ añadió algunas explicaciones a dibujos realizados el siglo pasado para advertir al público de que contenían “estereotipos raciales”, incluyendo la canción de los siameses (gatos siameses, no ciudadanos tailandeses) en “La Dama y el Vagabundo”. La conocida compañía discográfica británica “One Little Indian” ha cambiado su nombre por el de “One Little Independent” para no ofender a los indios (aunque siempre se ha utilizado la palabra “indie” como definición de “música independiente”). En su lugar, la banda americana “Lady Antebellum” se ha rebautizado a sí misma como “Lady A” y se ha disculpado ante los fans. “Antebellum” significa simplemente “antes de la guerra” en latín, pero en EE.UU. se utiliza para definir el estilo arquitectónico de las ciudades del sur antes de la Guerra Civil: ¿Podría ser interpretado como apología de la esclavitud? Por otro lado, la cadena italiana de supermercados Migros ha retirado de sus estanterías los dulces de chocolate “Moretti” ya que, por su nombre, recuerdan demasiado a los estereotipos raciales. Démonos prisa, entonces, en abastecernos de Amaro Montenegro y Nero d'Avola, antes de que sean prohibidos.

Por lo tanto, sería equivocado detenerse en el perfil de los personajes cuyas estatuas se están quitando, buscando errores y méritos, porque los iconoclastas antirracistas de hoy en día ya han ido más allá. No sólo el alcalde de Londres, Sadiq Kahn, designa una comisión de expertos para eliminar las estatuas y los nombres de las calles que recuerdan el pasado colonial, sino que también empresas privadas y organismos públicos, bajo la presión de una agresiva minoría, se apresuran a eliminar nombres, costumbres, objetos y productos de la vida cotidiana para borrar un pasado considerado censurable. Es el mismo mecanismo que se repitió en todos los regímenes totalitarios, desde Lenin hasta Mao, con la eliminación sistemática del pasado y la construcción de un nuevo mundo, desde la cancelación de los símbolos hasta la construcción de un nuevo lenguaje. ¿Qué pretenden los nuevos iconoclastas? Mientras que sus predecesores marxistas querían borrar la religión, la propiedad y la tradición nacional para crear un mundo ateo y unido de personas iguales, los nuevos revolucionarios quieren un mundo unido en el que se exalten las tradiciones no occidentales y se destruyan las tradiciones que sí lo son.

Cristóbal Colón es odiado sobre todo porque es el descubridor europeo y cristiano de América. Porque los apologistas de la pureza de la identidad están convencidos de que los americanos precolombinos estaban mejor antes de la llegada de los europeos. Los héroes británicos vinculados directa o indirectamente a la historia colonial (como Churchill) son odiados porque odian la europeización y cristianización de África, un continente “feliz” hasta la llegada del hombre blanco. Los americanos, ya sean sureños o norteamericanos, cargan con la “culpa original” de haber suplantado a las tribus nativas americanas, construyendo una sociedad cristiana europea en su lugar. La purga de los más puros nunca termina, porque el propio Gandhi, un héroe de la resistencia no violenta al colonialismo, no era lo suficientemente nativista a sus ojos. Todas las tradiciones, estereotipos, modismos e incluso dulces que recuerdan estas tradiciones deben ser purgados en su opinión.

Pero estos “revolucionarios” nunca se hacen una pregunta fundamental: ¿Qué habría sido del mundo sin la civilización cristiana? Las poblaciones americanas precolombinas tenían esclavos, hacían sacrificios humanos en masa, hacían guerras entre sí. ¿Por qué culpar al último de los invasores sólo porque eran cristianos? Y lo mismo se aplica a África, un continente infeliz, nunca pacífico y siempre lejos de ser libre: experimentó su primer período de expansión demográfica y económica sólo con la colonización europea. La protesta de los occidentales (muy a menudo educados y acomodados) contra Occidente es un vicio sólo de Occidente. Y sobre todo sólo es posible en las sociedades occidentales, donde el cristianismo (del que se derivan los derechos humanos fundamentales), permite ver las injusticias y protestar.

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