San Apolinar por Ermes Dovico
UN NUEVO SANTO

Charles de Foucauld, el “pequeño hermano universal”

Este 15 de mayo será proclamado santo en la plaza de San Pedro un original apóstol del Evangelio que ardía en el deseo de hacer conocer y amar a “su” Jesús, viviendo entre los tuaregs del Sáhara argelino: “Aquí resido, único europeo... Feliz de estar sólo con Jesús, sólo para Jesús”. Pasaba largas horas cada día frente al tabernáculo: “La Eucaristía, es Jesús, es todo Jesús”.

Ecclesia 14_05_2022 Italiano English

“Dios mío, si existes, déjame conocerte”. La primera vez que leí la biografía de Charles de Foucauld me llamó la atención su grito de fe, que es la clave de lectura de toda su existencia. Abandonó todo y a todos cuando encontró a Jesús y partió física y espiritualmente hasta llegar al profundo desierto del Sáhara entre los tuareg donde se consumará el sacrificio de su vida, asesinado el 1º de diciembre de 1916 en un enfrentamiento entre soldados y rebeldes. En realidad, morir por la fe siempre había sido su sueño y su más viva aspiración.

“A inicios de octubre del año 1886 -escribió en su diario-, después de 6 meses pasados en familia en París, mientras imprimía los escritos de mi viaje a Marruecos, me encontré con personas muy inteligentes, virtuosas y cristianas; al mismo tiempo sentía dentro de mí una fuerte gracia interior que me empujaba: comencé a ir a la iglesia, sin ser creyente, no era feliz sino en ese lugar y allí pasaba largas horas repitiendo una extraña oración: ‘¡Dios mío, si existes, déjame conocerte!’”.

Nacido en Francia, en Estrasburgo, el 15 de septiembre de 1858, bautizado dos días después de su nacimiento, Charles de Foucauld pronto quedó huérfano porque su madre, su padre y su abuela paterna fallecieron en 1864. Será su abuelo materno quien lo acoja junto con su hermana María, ambos aún muy jóvenes. Anotó en su diario: “Siempre he admirado la gran inteligencia de mi abuelo cuya infinita ternura envolvió mi niñez y mi juventud con una atmósfera de amor, siempre siento su calor con emoción”. Sin embargo, esto no le impidió atravesar la crisis de la adolescencia y la juventud convirtiéndose, como él mismo dijo, en “un joven del mundo sin Dios”, alejándose de la fe. “Durante 12 años -se confesó a sí mismo- no he negado nada, ni creído en nada, desesperado de la verdad y no creyendo más ni siquiera en Dios, ninguna prueba me parecía lo suficientemente evidente. A los 17 años, dentro de mí solo había egoísmo, vanidad, maldad, deseo del mal, estaba como enloquecido... Estaba en la oscuridad de la noche. Ya no veía ni a Dios ni a los hombres: solo me veía a mí mismo”. Aunque no estaba convencido se inscribió en la Escuela Militar, y durante algunos años su única preocupación fue la búsqueda del placer en la comida y las fiestas. Enviado a Argelia en 1880, se sintió atraído por el país y los argelinos, pero, encastrado sentimentalmente por una mujer, lo relevaron del cargo militar y regresó a Francia, pero partió poco después rumbo a Túnez. Sin embargo, en enero de 1882 renunció al ejército y comenzó la secuencia de sus aventuras como viajero perpetuo e inquieto. En Marruecos, donde llegó con una preparación de 15 meses en compañía del judío Mardoqueo, realizó una experiencia verdaderamente única que le permitió recorrer 3.000 km en un país casi desconocido, concluyendo su búsqueda de exploración de todos los sitios topográficos el 23 de mayo de 1884 cuando como un pobre mendigo llegó a la frontera con Argelia, descalzo, delgado y sucio. “Fue duro, pero muy interesante, y lo logré”, escribió sobre este viaje magrebí.

De regreso a su familia en París, vivió la etapa de su conversión gracias al encuentro con el abad Huvelin quien inmediatamente lo invita a arrodillarse y confesarse. Fue gracias a esta paternal imposición del sacerdote amigo que el alma de Carlos se abrió y su conversión fue inmediata y total. “Me dirigí al abad Huvelin. Le pedí lecciones de religión: me ordenó que me arrodillara y me confesara, que fuera a comulgar allí mismo... Si hay alegría en el cielo por un pecador que se convierte, ¡ciertamente la hubo cuando entré al confesionario!”, se lee en sus escritos. Y comentó: “¡Qué bueno eres, Señor! ¡Estoy feliz!”. Desde entonces, todo lo demás será una búsqueda, a veces serena y a menudo espasmódica, de la voluntad de Dios. Todo cambia en su existencia, deseosa de volverse religioso y vivir sólo para Dios: “Quiero llevar la vida que vislumbré, que percibí al caminar por las calles de Nazaret, donde Nuestro Señor, pobre artesano perdido en la humildad y la oscuridad, apoyó los pies en alto”. Después de un período de estancia en dos Trappes, en Francia y en Oriente Medio siguiendo el clima austero de estricta observancia trapense, vivió como ermitaño en la tierra de Jesús (1897 - 1900) para compartir la vida de Nazaret con el proyecto de hacerlo junto a otros hermanos para los que redactó la “Regla de los Pequeños Hermanos”.

En agosto de 1900, gracias a la intervención del abad Huvelin, fue ordenado sacerdote para dedicarse inmediatamente a las “ovejas perdidas”, a las almas más abandonadas, más desatendidas, poniendo en práctica el mandamiento del amor hacia ellas: “Ámense los unos a los otros, como yo los he amado, en esto reconocerán que son mis discípulos”. Y escribió al respecto: “Sabiendo por experiencia que no hay pueblo más abandonado que los musulmanes de Marruecos, del Sáhara argelino, pedí y obtuve permiso para venir a Béni Abbès, un pequeño oasis en el Sáhara argelino en la frontera con Marruecos”, donde permaneció de 1901 a 1904. Cada día Carlos pasaba largas horas al pie del tabernáculo convencido de que “la Eucaristía, es Jesús, es todo Jesús” y que “cuando se ama, se quisiera hablar continuamente con la persona amada, o por lo menos mirarla sin parar. La oración no es más que esto: entretenerse familiarmente con el Bien Amado: se le mira, se le dice cuánto se ama, se goza quedarse a sus pies”.

El Evangelio lo había transfigurado también físicamente y el hermano Carlos se puso al servicio de los más pobres; abandonó Akabli a petición del obispo local y en enero de 1904 se unió a la tribu tuareg en el sur del Sahara, estableciéndose en Tamanrasset. “Aquí resido, único europeo… Feliz de estar a solas con Jesús, sólo para Jesús” con este programa apostólico: “Mi apostolado debe ser el apostolado del bien. Si alguien me pregunta por qué soy dulce y bueno, tengo que responder: ‘Porque soy servidor de un Bien mejor que yo’”.

La Primera Guerra Mundial ya había destrozado a Europa, cuando se extendió hasta el Sahara, donde el fuerte francés de Djanet fue atacado por más de mil senusitas armados con cañones y ametralladoras que, al tener ahora un camino llano, llegaban fácilmente al pueblo donde vivía Carlos de Foucauld. Y allí murió el 1º de diciembre de 1916, asesinado violentamente en circunstancias que siempre han permanecido en el misterio.

Así concluía la existencia de este original apóstol del Evangelio que ardía en el deseo de hacer conocer y amar a “su” Jesús y de ser el “pequeño hermano universal”, hermano de todos, especialmente de los más pobres por los que deseaba consumirlo todo, hasta la última gota de su sangre. De hecho, soñaba con morir mártir entre los tuaregs que lo habían acogido como su familia. Y en cierto modo su sueño se hizo realidad. Carlos de Foucauld, a quien el Papa Francisco proclamará santo el domingo 15 de mayo en la plaza de San Pedro, es el patrón de Marruecos, una tierra en la que le hubiera gustado terminar sus días pero que no le fue posible. La Iglesia que vive en Marruecos “inspira su espiritualidad anunciando el Evangelio con el testimonio de amistad con el pueblo musulmán y teniendo como icono a la Virgen María que visita a su pariente Isabel: una Iglesia que predica a Jesús sin poder hablar expresamente de él, pero haciendo perceptible su mensaje a través de la amistad sincera y el servicio del amor”.

* Obispo emérito de Ascoli Piceno