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Caso Rupnik: Una antigua religiosa sale del anonimato y lo acusa de “abusos muy graves”

En rueda de prensa, Gloria Branciani denuncia exigencias sexuales cada vez más agresivas y blasfemas del artista y antiguo jesuita. Un paso decisivo para esclarecer el caso del sacerdote esloveno que ensombrece la transparencia del actual pontificado.

Ecclesia 23_02_2024 Italiano English

“La traición de los discípulos, la indigna recepción de su Cuerpo y de su Sangre es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le atraviesa el corazón”. Han pasado casi veinte años desde el inolvidable comentario del entonces cardenal Joseph Ratzinger en la novena estación del Vía Crucis del Coliseo. Parece increíble, pero diecinueve años después de aquel grito de dolor seguimos lidiando con la falta de transparencia de las más altas autoridades eclesiásticas en un clamoroso caso de abusos.

Se trata del padre Marko Rupnik, ex jesuita y famoso artista esloveno acusado por varias mujeres de abusos espirituales, psicológicos y sexuales. Los hechos se remontan a finales de los 80 y principios de los 90, aunque hay que recordar que incluso en 2019 el sacerdote absolvió en confesión a una mujer con la que había mantenido una relación sexual, consiguiendo un año después la excomunión más corta de la historia por parte de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Excomunión retirada, no se sabe por quién ni por qué. Desde que estalló la “burbuja” Rupnik en el Vaticano, con la noticia de una primera investigación –que tenía que haber concluido en 2021- sobre sus presuntas fechorías en la Comunidad Loyola de Liubliana, que se prolongaron hasta 1993, varios protagonistas han decidido hablar contando sus experiencias de forma anónima a los periódicos.

Sin embargo ayer se dio un paso más: una presunta víctima, Gloria Branciani, ha decidido poner la cara y la voz para exigir verdad y justicia. Estas son las dos palabras más recurrentes en el largo testimonio que la ex monja ofreció ante los periodistas que acudieron en masa a la sede de la Federación Nacional de la Prensa Italiana, en Via delle Botteghe Oscure. A su lado se encontraba una antigua hermana religiosa, Mirjam Kovac, que fue incluso secretaria de la fundadora la Comunidad Loyola de Liubliana, Ivanka Hosta, y que alabó el coraje demostrado por Gloria en su momento, cuando decidió huir de la comunidad tras ser aislada por sus denuncias.

Las palabras de Kovac son muy importantes porque al confesar haberse dado cuenta en pocos meses de que “Rupnik se aprovechó de su posición para buscar encuentros erótico-sexuales con al menos veinte hermanas de un total en la comunidad de cuarenta” parece reforzar la idea de que, citando la nota de los jesuitas, el “grado de credibilidad de lo denunciado o testimoniado parece ser muy alto”.

Desde ayer, por tanto, sabemos que Gloria Branciani es la presunta víctima de la historia más dura sobre el ex jesuita esloveno, la de la petición blasfema de realizar un trío sexual utilizando la comparación con la Trinidad. Con voz débil pero decidida, interrumpiéndose sólo tres veces por la emoción, la mujer reconstruyó el encuentro que arruinó su vida. Estudiante universitaria de medicina, con deseos de ser misionera y pasión por el arte, Gloria explicó que conoció al clérigo esloveno cuando ya era conocido como una figura de gran espiritualidad. La personalidad del ex jesuita se impuso en su vida con halagos y atenciones en un momento de baja autoestima. Después, el primer episodio que inició la pesadilla: “Mientras pintaba en el atelier, se quedó mirando mi cuerpo y me levantó la falda, diciendo que era el gesto que realizaba la Virgen para revelar la humanidad divina de Cristo”. El relato de la ex monja prosigue: “Después de ese momento me dijo que si no volvía a hacer ese gesto sería una prueba de que se había detenido mi crecimiento espiritual. Yo estaba muy perpleja, desorientada, pero él insistía en que podía vivir esa relación tan especial porque tenía el don de la mística”.

La “indigna recepción de su Cuerpo” evocada por Ratzinger en el Vía Crucis de 2005 se asomaba al drama de Gloria: “Muchas veces celebraba la Eucaristía a solas conmigo en el atelier y después de la Eucaristía o de la confesión me empujaba a abrazarle. Luego, de los abrazos, pasaba poco a poco a los besos, cada vez más profundos. Una vez me dijo que me besaba como besa el altar donde celebra la Eucaristía. Yo era muy ingenua en aquella época y realmente pensaba que ese tipo de contacto físico entre nosotros terminaría cuando mi crecimiento espiritual me lo permitiera”. Pero no fue así. Rupnik la distanció de su familia y amigos, llegando incluso a criticar su camino de fe delante de los demás si dudaba de sus exigencias físicas en privado.

El relato de Gloria fue muy lúcido, salpicado de hitos importantes en su relación con su presunto agresor. Uno de ellos ocurrió una noche de junio de 1986, la víspera de la partida de Rupnik a Grecia: "Me pidió poder celebrar la Eucaristía en el atelier. Me di cuenta de que era una excusa para obligarme a desnudarme, así que decidí desviar mi atención hacia la conversación, pero él estaba muy impaciente y cuando me acompañó al autobús estalló su ira, diciendo que yo no valía nada y que quería romper toda relación. Me lo dijo de forma muy agresiva, sentí que algo se había roto”. Al día siguiente, sin embargo, cambió de tono por teléfono y le envió una tarjeta de felicitación desde Grecia. Estrategias que parecen pertenecer a lo que Gloria califica sin rodeos como “manipulación”.

Branciani ha explicado que el control del clérigo llegó a ser tan grande que la empujó a dejar sus estudios y su ciudad natal y trasladarse a Eslovenia, tras las presiones de la fundadora Hosta, e incluso una llamada del entonces arzobispo de Liubliana, monseñor Alojzij Šuštar. La protagonista lo recuerda como el peor periodo porque “los abusos físicos se hicieron más violentos, sobre todo en el coche porque tenía que hacer viajes por compromisos espirituales”. “Abusos muy graves”, ha revelado la mujer, “debido a los cuales también perdí la virginidad y me vi obligada a mantener otro tipo de relaciones íntimas por las que mi desprecio era evidente”. Ante su resistencia, Rupnik, sin embargo, se apresuraba a justificar sus exigencias alegando que la oposición de la mujer se debía a su forma equivocada de vivir su sexualidad. Tras emitir los votos perpetuos, Gloria tuvo que hacer frente a la petición más blasfema: “Me dijo que sentía en la oración que nuestra relación no era exclusiva, sino que tenía que ser a imagen de la Trinidad, por lo que debíamos invitar a otra hermana a vivir como nosotros”. Una vez más, ante las dudas de Gloria, el entonces jesuita apeló al aspecto psicológico y espiritual diciéndole que ganaría determinación y fuerza gracias a esta “agresividad” sexual. El primer trío traumático realizado junto con una monja indicada por el padre espiritual tuvo lugar en casa de una amiga en Gorizia. Ante los primeros titubeos de la mujer, Rupnik la amenazó con hacerla pasar por loca y se habría justificado diciendo que ya había conseguido que su padre espiritual “confirmara teológicamente su ‘enfoque’ sexual”.

La situación no cambió en Roma, adonde regresó Gloria, todavía bajo el yugo –según su relato- de su confesor y garante del discernimiento ante la Iglesia. Acusada de actitudes infantiles, la monja contó que Rupnik la llevó dos veces a algunos cines porno romanos, en la Salaria y en la Tuscolana: “Se veía que era un visitante asiduo”, ha sentenciado.

Continuando con su testimonio sobre esos años en Roma, “las peticiones de actos sexuales incluso mientras pintaba eran cada vez más agresivas y a menudo ocurrían cuando pintaba el rostro de Jesús para algunas de nuestras capillas”.

Exasperada, Gloria decidió valientemente denunciar la supuesta violencia de Rupnik en 1993 ante la superiora Ivanka. A partir de ese momento, empezó a ser vigilada de cerca dentro de la comunidad. La mujer relata: “Intento hablar con Rupnik pero no puedo, lo intento con su padre espiritual pero cuando empiezo a explicarle en confesión de todo lo que había vivido, a los dos minutos me para y me dice que son cosas mías y que no quiere saber nada. Finalmente me entrega dos hojas de papel y me dice que escriba una carta de renuncia a la comunidad de Loyola”. Una carta que fue el padre espiritual de Rupnik quien firmó porque Gloria no se sentía con fuerzas para ello. En la rueda de prensa la mujer ha revelado que aún conserva ese documento y que en su momento adujo una presión arterial demasiado alta como motivo de su marcha.

La huida de la comunidad, alabada diecinueve años después por la ex hermana Mirjam, que la vivió en calidad de secretaria de la superiora Hosta, culminó con una noche en el bosque en la que, según explicó Gloria en uno de los pocos momentos de conmoción, sintió “profundamente que el Señor no quería que muriera”. El testimonio de la ex monja no fue en un tono anticlerical: ella misma contó que la primera persona con la que tuvo el valor de sincerarse sobre lo que le ocurrió fue un franciscano. Además, reconoció ante los periodistas presentes que su mayor sufrimiento provenía de sentirse “violada en su intimidad, en su relación con lo divino, una humillación para el cuerpo, el alma y el espíritu”, añadiendo, sin embargo, que pudo levantarse de nuevo gracias “al amor de Dios, el verdadero, que transformó esta carga en vida”.

Estas palabras empapadas de fe deberían hacer sentir aún más consternación ante la actitud que las autoridades eclesiásticas implicadas han mostrado no sólo en el momento de los hechos, sino también en los últimos años desde que el Dicasterio para la Doctrina de la Fe inició su investigación sobre las acusaciones contra Rupnik. Gloria afirmaba no estar sorprendida por el misterioso levantamiento de la excomunión contra Rupnik por el caso de 2019. Y cuando se le ha preguntado si estaba decepcionada con el Papa, no ocultó que consideraba que “desde el principio la gestión no ha sido transparente”. Antes de dirigirse a la prensa en junio de 2022, la ex monja –junto con Kovac- había escrito una carta a las más altas autoridades eclesiásticas, incluido el Papa, pero sin recibir respuesta. Al comienzo de la conferencia, mostrando una foto, la directora de BishopAccountability.org, Anne Barrett Doyle, recordó que el pasado septiembre, sin embargo, Francisco recibió a Maria Campatelli, la gran defensora de Rupnik. Con la misma amargura emergió de la voz de Gloria Branciani la nota del Vicariato de Roma, que se ha movilizado en torno al ex jesuita y su Centro Aletti.

La rueda de prensa, en presencia de televisiones y periódicos internacionales, y con los aplausos que siguieron al lúcido y nada rencoroso testimonio de la presunta víctima, demuestra que la falta de transparencia de la Santa Sede sobre el caso Rupnik ha creado un gravísimo daño a la Iglesia. Es poco probable que el asunto del ex jesuita esloveno, ahora diocesano en Koper, no afecte al juicio histórico sobre el actual pontificado en relación con la gestión del expediente de abusos.

Mientras tanto, Gloria, que puede haber sido manipulada durante años aprovechando su fragilidad, aprovechó su momento para hablar abiertamente de su presunto abusador, admitiendo con serenidad que le había perdonado hace tiempo. Ahora, sin embargo, corresponde al Dicasterio para la Doctrina de la Fe garantizar esa búsqueda de la verdad y la justicia invocadas.