Müller rompe el silencio sobre el “caso Écône” en el consistorio
El exprefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe sacude al sagrado colegio ante la inminencia de un nuevo acto cismático. Hay dos propuestas: responder a la acusación de haber perdido la fe formulada por la Fraternidad San Pío X contra la Sede Apostólica, y prepararse para acoger a aquellos que no continúen en el cisma, tal y como ocurrió en 1988 con la Comisión Ecclesia Dei.
No figuraba en el orden del día del consistorio en curso, pero el cardenal Gerhard Müller, ex prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y presidente, ex officio, de la entonces Comisión Pontificia Ecclesia Dei, no se lo ha pensado dos veces: según la noticia difundida por Il Giornale, el cardenal ha tomado la palabra para pedir a sus hermanos cardenales y al Papa que respondieran a la acusación abierta de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X de que Roma, a partir del Concilio Vaticano II incluido, habría perdido la fe.
Ya hemos informado sobre la “profesión de fe” que la FSSPX, sin duda no sin cierta provocación, envió el pasado 24 de junio a todos los cardenales reunidos en consistorio. Que Roma haya perdido la fe y que la Iglesia católica haya quedado relegada a una decadente “Iglesia conciliar” no es, desde luego, una convicción de última hora en el panorama lefebvriano; pero, sin duda, las inminentes consagraciones episcopales y el tono desafiante del superior general, el sacerdote Davide Pagliarani, no podían pasar desapercibidos.
El cardenal ha tenido el valor necesario para sacudir a sus hermanos ante un silencio bastante embarazoso, casi como si un nuevo acto cismático inminente fuera algo de lo que la Iglesia no tuviese que ocuparse. Parecen que han sido dos las indicaciones que Müller ha querido sugerir al Santo Padre. La primera se refiere a que ha llegado el momento de responder en cuanto al fondo a las acusaciones de la Fraternidad, sin dejar esta tarea en manos de entrevistas improvisadas de algún prelado o del mero debate teológico. También porque los fieles tienen derecho a que sus pastores les den claridad.
Desde luego, no es tranquilizador que se le asigne dicho encargo al actual prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el cardenal Víctor Manuel Fernández, y no solo por su problemática formación teológica, sino también porque, en una cuestión tan delicada, es necesario que se ocupe de ella quien la conozca a fondo, valiéndose de la contribución de aquellas entidades que tienen muy claras las posiciones de la Fraternidad y que desde hace años han dedicado sus estudios a ella. Parece necesario más que nunca reconstituir la Ecclesia Dei, tras el cierre forzoso impuesto por Francisco, lo cual tiene la ventaja de (re)partir de una experiencia de cuarenta años, enriqueciéndola con nuevos colaboradores que hayan profundizado, desde el punto de vista teológico, en alguna de las cuestiones planteadas por la FSSPX. Porque si tiene que haber una respuesta —y debería haberla—, esta tendrá que caracterizarse por su integridad, articulación y exhaustividad.
Entre los temas que habrá que abordar se encuentran, sin duda, aquellos textos del Concilio Vaticano II que la Fraternidad sigue malinterpretando y que una corriente diametralmente opuesta a la FSSPX interpreta en una línea de ruptura: ecumenismo, libertad religiosa, colegialidad, poder supremo y primado, diálogo interreligioso; una aclaración de estos y otros puntos prestará un servicio de verdad a toda la Iglesia, y no solo al mundo tradicionalista. Pero también habrá que confrontar definitivamente a la Fraternidad con sus propios errores sobre la forma de entender la intención sacramental, el episcopado, el primado petrino, la unidad de la Iglesia y otras cuestiones “menores” a las que la FSSPX recurre continuamente, como la jurisdicción de suplencia, el principio de Ecclesia supplet, et alia.
Volver a reconstituir la Ecclesia Dei podría responder también a la otra necesidad planteada por el cardenal Müller, es decir, la de disponer de una estructura para acoger a sacerdotes, religiosos y laicos que, en su caso, abandonen la FSSPX tras las consagraciones. No es ningún misterio que, dentro de la Fraternidad, no todo el mundo está especialmente satisfecho con la línea de desafío abierto impulsada por Pagliarani. Sin embargo, que este motivo sea suficiente para dar el paso de abandonar Écône para reunirse con la poco fiable “Roma modernista” es harina de otro costal. De hecho, hay que recordar que en 2003-2004, el representante de la línea “blanda”, monseñor Bernard Fellay (que concelebrará en las consagraciones del 1 de julio), no tuvo ningún reparo en expulsar de la Fraternidad a algunos sacerdotes que habían defendido el acuerdo entre la comunidad de Campos y la Santa Sede.
De la Santa Sede se espera una señal aún más clara y contundente. Desde hace décadas, todos los sacerdotes y fieles vinculados al rito antiguo y a lo que, por comodidad, denominamos la “pedagogía tradicional de la fe”, con la firme voluntad de no desgarrar con el cisma el cuerpo místico de Cristo, viven en un estado de precariedad continua y, no pocas veces, de enormes dificultades para poder acceder a los lugares donde encontrar este tesoro inestimable que es el rito antiguo. A menudo se les reserva un trato receloso, cuando no abiertamente hostil, por parte de los obispos y las curias diocesanas. Encontrar una solución que libere a estos fieles de tal inestabilidad sería la señal más importante, por parte del Papa, dirigida también a todos aquellos que acuden a las capillas de la FSSPX sin querer adherirse al cisma. Estos fieles y sacerdotes, a menudo denominados “Ecclesia Dei”, constituyen una realidad extremadamente viva y en continuo crecimiento. Basta pensar en las cifras asombrosas de la peregrinación a Chartres.
Desde esta perspectiva, Nicola Bux, en una reciente carta abierta publicada por Edward Pentin, ha pedido al Papa León que tenga en cuenta “la realidad de tantos obispos que, con equilibrio, han logrado la armonía litúrgica en sus propias diócesis” y que conceda de nuevo “a toda la Iglesia la posibilidad de celebrar, junto al nuevo rito, el antiguo rito romano, reafirmando al mismo tiempo la validez de la reforma litúrgica y la inviolabilidad del Concilio Vaticano II, al igual que de cualquier otro concilio ecuménico”.
La propuesta impulsada por el padre Louis-Marie de Blignières también es muy interesante: a saber, la de constituir circunscripciones u ordinariatos, dirigidos por obispos elegidos dentro del ámbito tradicional, siguiendo el modelo de los creados tras el motu proprio Anglicanorum coetibus. Esta estructura permitiría, por fin, integrar plenamente el movimiento tradicional en la jerarquía de la Iglesia, gozar de una mayor estabilidad y, por lo tanto, promover con mayor determinación esa tan ansiada pacificación litúrgica.
En Estados Unidos, donde la presencia de la FSSPX está especialmente extendida, las autoridades y los teólogos de la Franciscan University of Steubenville han dirigido al superior general, al consejo y a los fieles de la FSSPX una carta abierta para pedirles que desistan del acto cismático previsto para el 1 de julio, “que consolidaría y profundizaría la separación ya existente”, y que retomen el camino del diálogo con la Santa Sede. Entre los firmantes destacan los nombres de Scott Hahn, autor de numerosas publicaciones traducidas también al italiano; Mark Miravalle, teólogo siempre activo en la promoción del dogma sobre la mediación y la corredención de María; John Bergsma, expastor protestante, especialista en el Antiguo Testamento y los Rollos del Mar Muerto; y Stephen Hildebrand, vicerrector de la Universidad.
Un llamamiento loable, que esperamos que logre calar al menos en algunos miembros de la FSSPX; una carta fraterna, pero también extremadamente franca: “Los tesoros de la Tradición católica no pertenecen a quienes están fuera de la comunión con Pedro; pertenecen al corazón de la Iglesia. Una nueva ordenación episcopal al margen de la jerarquía eclesiástica y sin el mandato apostólico crearía una nueva herida en el Cuerpo de Cristo y situaría los dones que Dios ha confiado a la Fraternidad [...] fuera de su abrazo maternal”.
