La fuerza de la mansedumbre
La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no lo apagará (Mt 12, 20)
En aquel tiempo, al salir de la sinagoga, los fariseos planearon el modo de acabar con Jesús.
Pero Jesús se enteró, se marchó de allí, y muchos le siguieron.
Él los curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran.
Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, en quien me complazco. Sobre él pondré mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, nadie escuchará su voz por las calles.
La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no lo apagará, hasta llevar el derecho a la victoria; en su nombre esperarán las naciones».
(San Mateo 12, 14-21)
Jesús no responde a la violencia con violencia, sino con una mansedumbre que sana y levanta a los frágiles. Su misión se cumple en el silencio activo del amor que no humilla, no aplasta ni apaga lo que es débil. En él se manifiesta el rostro de un Dios que cuida con delicadeza, hasta el punto de hacer surgir la justicia y la esperanza. ¿Tratas tú también a los demás con la misma delicadeza con la que Dios te trata a ti? ¿En qué situaciones estás llamado a no apagar lo que es frágil, sino a protegerlo?
